Inicia el año. A contracorriente con el estado de ánimo que predomina —mezcla de incertidumbre, escepticismo, desencanto y temor—, le proponemos pensar no en los problemas que enfrentaremos en los próximos meses, sino en lo que los mexicanos desearíamos que ocurriera o dejara de ocurrir para beneficio del país. Sin caer en autoengaños, imaginar aquello que queremos podría ayudarnos a trazar la hoja de ruta que nos permita alcanzarlo.Comencemos por la economía. En este rubro, en el que las dificultades se pondrán de manifiesto desde el primer trimestre, todos desearíamos dejar de ver cierres de empresas, despidos masivos y aumentos de precios. Para ello esperaríamos que desde el gobierno federal se tomara a la crisis en serio y se aplicara con eficacia y prontitud el programa diseñado para encararla, así como que desde la iniciativa privada se adoptaran las medidas necesarias para proteger las fuentes de empleo. En seguridad, quisiéramos que el número de ejecutados ya no fuese la nota del día; que Chihuahua, Sinaloa, Michoacán, Guerrero, el estado de México o el DF se libraran del crimen; que creciera la eficacia de nuestras policías de forma que pudieran detener y consignar a secuestradores y narcotraficantes; que cesara la infiltración de los cárteles a las instituciones del Estado y que los funcionarios corrompidos fueran castigados conforme a la ley. Nos sería grato observar que la educación pública abandonase el atraso en el que se encuentra y que los líderes del magisterio desistiesen de usar al gremio como botín político y económico. En contraparte, resultaría reconfortante saber que maestros bien preparados y comprometidos instruyen a las generaciones que habrán de construir el futuro de México, y que a cambio de ello reciben un salario digno y reconocimiento social. Desearíamos, asimismo, que la burocracia cultural se olvidase de dispendios, obras faraónicas y reyertas para dedicarse a promover y difundir el pensamiento y el arte nacionales. Esperaríamos también frenar la fuga de capital intelectual y el deterioro del ambiente a través de un mayor apoyo para la ciencia mexicana y de una vinculación más estrecha entre ésta y nuestro aparato productivo. Hacia el exterior, en este primer año de los dos que nuestro país será miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, quisiéramos que nuestra diplomacia asumiera un papel activo e inteligente en la discusión de los temas globales. Igualmente, recibiríamos con beneplácito un reacercamiento con América Latina, tender lazos con otras regiones del mundo y que se aprovechase la llegada de un nuevo presidente a la Casa Blanca para replantear en términos más justos la relación con Estados Unidos. Por otra parte, daríamos muestra de congruencia si de la misma forma en la que exigimos respeto para nuestros compatriotas al norte del río Bravo velamos por los derechos humanos de los migrantes que pisan nuestro territorio. En año de elecciones intermedias, desearíamos escuchar campañas con propuestas —no con descalificaciones entre candidatos— y, más todavía, con resultados en vez de promesas. Añoraríamos que nuestra clase política dejase atrás la frivolidad, los gastos superfluos, la demagogia y la defensa de intereses cupulares con el afán de en realidad representar a la sociedad. Sería para alegrarse, por último, ver a México convertido en un país más tolerante e incluyente con la diversidad étnica, religiosa, cultural o sexual, en línea con los principios del Estado laico y democrático. Todas las situaciones enumeradas difícilmente se resolverían en un año. Sin embargo, como decíamos arriba, tener presentes nuestras metas puede ser el primer paso para llegar a ellas. Y en todo ese largo camino tampoco debemos ignorar el papel activo que nosotros, los ciudadanos, estamos llamados a jugar. Estimado lector, lectora, le deseamos un feliz y próspero 2009. |