La economía no es sólo cuestión de números. Así lo ha demostrado el menor gasto de las personas aun durante esta temporada decembrina, baja motivada por la preocupación que genera el panorama para el próximo año. El factor subjetivo —cómo se siente la gente respecto de las finanzas del país, de las empresas y, en especial, de las de sus casas y de sus bolsillos— también impacta, y mucho, sobre la dinámica económica. En Estados Unidos, por ejemplo, la crisis que estalló en octubre, oficialmente reconocida como una recesión, ya se refleja en un indicador clave: el Índice de Confianza del Consumidor.Este dato recién cayó a su peor nivel en los últimos 40 años al llegar a 38 puntos. En noviembre, cuando en la Unión Americana se perdieron 553 mil puestos de trabajo, este indicador se ubicó en 44.7 puntos, mientras que en enero fue de 87.9. Los estadounidenses ven amenazado su patrimonio por elementos como la depreciación de las casas y el desempleo. Golpean las cifras: sólo en diciembre, el valor de las viviendas descendió 18%, mientras que el mes pasado la tasa de desocupación subió a 6.7% y en todo el año han desaparecido un millón 900 empleos. El escenario actual y las expectativas para 2009, lo sabemos, no son nada halagüeños. Sin embargo, en el año que comienza en unas horas también se abren nuevas oportunidades para el vecino del norte. Una de ellas recae en la aplicación de los paquetes de rescate para la industria automotriz y otra tiene que ver, nuevamente, con el peso del factor subjetivo en la economía. El 20 de enero, el demócrata Barack Obama asumirá la Presidencia de Estados Unidos. Además de la relevancia histórica que el hecho entraña, conlleva la posibilidad de que, por un lado, los estadounidenses recuperen la confianza en su gobierno luego de dos cuatrienos con el republicano George W. Bush, cuya popularidad ronda niveles de 30% o menos. Por otra parte, la llegada de Obama a la Casa Blanca levanta muchas expectativas con relación a los programas que diseñará y a las acciones que ejecutará para enfrentar la crisis en su país. Resulta evidente que los estadounidenses serán los primeros interesados en saber qué hará su nuevo presidente para reactivar la economía, detener la caída en los precios de las casas, frenar el desempleo y, en resumen, volver a colocar a esa nación en la ruta del desarrollo y la prosperidad. No obstante, el mundo entero también estará atento a lo que ocurra en el hasta ahora primer motor económico del planeta. A la fecha los mercados no han reaccionado al triunfo de Obama, pero —en una crisis que varios analistas atribuyen a la desconfianza entre instituciones públicas, bancos, empresas e inversionistas— habrá que esperar a ver cómo responden frente a las acciones que emprenda el mandatario. En términos coloquiales, en los meses siguientes podríamos constatar si el problema no era el tipo de cambio sino el cambio de tipo. En lo que a México atañe, lo que suceda o no en Estados Unidos afectará nuestra economía. Por ello, para nosotros también es deseable la pronta recuperación del vecino. Pero tal situación no nos exime de tomar nuestras propias medidas para encarar las dificultades de 2009 y, a largo plazo, debe conducirnos a revisar los riesgos de mantener, en un planeta globalizado, excesiva dependencia de un solo socio comercial. |