La crisis llevará al fin de una época. Se cierra el periodo de la hegemonía de Estados Unidos (como la potencia dominante en un mundo unipolar) y del Consenso de Washington (como la fórmula aceptada para conducir las economías nacionales en un mundo globalizado). Otro periodo está por empezar. El antiguo orden se va a resistir. El nuevo apenas empieza a vislumbrarse.Ante un cambio de vastas proporciones como el que nos está tocando vivir, muchos pretenden ignorarlo. Se apegan a su visión esquemática del mundo, como si por ello se pudiera vencer la incertidumbre. Esperan a que muy pronto se vuelva a la normalidad. A que, en seis meses o cuando mucho en un año, se reinicie la recuperación y termine la pesadilla. Se resisten a aceptar que, en el mejor de los casos, el crecimiento tardará más tiempo en llegar y la recuperación será lenta. Para medir el estado real de las cosas no hay nada mejor que hablar con quienes hoy están tomando las decisiones. En todos lados hay preocupación e incertidumbre. Lo mismo en Nueva York que en Londres; en Beijing que en Nueva Delhi; en Emiratos Árabes que en Río; en Washington que en Moscú, París, Berlín o Madrid. Unos esperan señales positivas desde Washington; otros ya vislumbran un nuevo orden. Ninguno subestima la gravedad de los hechos. La conciencia de la gravedad no determina —por sí— el cambio de época. Sin embargo, ya están claros los datos que apuntan a que no será posible continuar con el actual statu quo. En el reconocimiento de los límites del crecimiento aparecen también los caminos de su solución. El modelo de crecimiento fundado en la expansión ilimitada del consumo estadounidense y el crecimiento del ahorro asiático ya no es viable. Para que la crisis se resuelva, Estados Unidos tendrá que ahorrar más y los países de Asia tendrán que consumir más. El patrón dispendioso de consumo de energía no es sustentable por la dotación de recursos naturales y por sus consecuencias sobre el cambio climático. Es impostergable una reconversión energética mayor. La desigualdad creciente impide la cohesión social. La reducción de la desigualdad es un imperativo ético. Es, también, una condición necesaria para recuperar el crecimiento económico y ampliar las bases de la gobernabilidad. El ejercicio unilateral y desproporcionado del poder militar ha debilitado el prestigio político de Estados Unidos sin abatir el riesgo terrorista. Urge la distensión, el regreso al multilateralismo y el despliegue de nuevas y audaces iniciativas diplomáticas. Por lo pronto, el año termina en una larga espera. Antes de actuar, los principales actores pagarán por ver qué es lo que ocurrirá en los próximos seis meses. Aunque sus márgenes reales son estrechísimos, todos esperan a ver lo que va a hacer Barack Obama. Él sólo tiene una carta: mejorar la confianza. Después vendrá —pronto o tarde— la transición. Las finanzas y los ejércitos, como gobierno, han fracasado. El mundo requiere que la política quede al mando. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |