Nuestra innegable introspección, acentuada en la ultima década y exacerbada recientemente, está llegando a limites peligrosos para la seguridad del Estado, que muestra obvia incapacidad para reconocer síntomas del panorama social y económico en que estamos atrapados.En contraste, destaca el pragmatismo estadounidense para enfrentar la crisis económica mundial o la expansión del crimen organizado mexicano dentro de sus fronteras, subrayándose nuestra cerrada insistencia en manejarnos con voluntarismo discursivo. Desde hace años, la autoridad ha adoptado la práctica de enfrentar los grandes desafíos con ligereza, bajo el argumento de no generar alarmas innecesarias en la población, forma despectiva de valuar la conciencia ciudadana. Sin embargo, el huevo de la serpiente crece a pesar de esta ficción. Hace días terminé mi curso semestral en una institución considerada de élite, lo que también significó para los estudiantes la conclusión de la licenciatura, obligándolos a irrumpir en el estrecho y mal remunerado mercado de trabajo. Es justo reconocer que esta dolorosa realidad tiene varios años, propiciando cuellos de botella en la creación de empleos y forzando a la clase media a archivar expectativas, aceptando ingresos precarios que los inhibe de abandonar el hogar familiar para establecerse en forma independiente. Los violentos disturbios de Grecia han mostrado la profundidad y universalidad de esa protesta. Las comparaciones de analistas europeos con los acontecimientos de 1968 son validas pero insuficientes, pues no destacan que hace cuatro décadas existían distancias abismales entre los países, que hoy se han diluido. Cualquier café internet en el mundo se ha convertido en correa de transmisión formidable para acercar las imágenes y demandas de conflictos sociales, facilitando desprender similitudes. La corrupción de los políticos, la brutalidad policiaca, el pesimismo fundado de los pueblos, el miedo al desplome económico tienen sello trasnacional, igual que las obsoletas respuestas gubernamentales que bloquean un futuro ocupacional medianamente aceptable. Estas constantes facilitan la exportabilidad de las protestas, sin distinción de edades o actividad ocupacional. La calle se convierte en el único escape contra la exclusión social. Nuestra nota amarillista ha opacado por el momento la presencia en medios de comunicación del reclamo de quienes están quedando cesantes o insolventes para atender sus necesidades mas elementales. Tampoco se ha advertido que los precios a la baja del petróleo han medrado sustancialmente el presupuesto de instituciones sociales que perdieron apoyos de un gobierno asediado, que debe enfrentar en forma desigual al narcotráfico, cuyos recursos infinitos le permiten profundizar en la desestabilización del Estado. El escenario internacional en el que estamos insertos impide pensar positivamente en fechas que se acostumbra decretar el optimismo como norma de convivencia. Las alertas internas y externas reclaman diálogos realistas frente a una sociedad madura para entender que todo empeorará antes que empieze a mejorar. El Estado debe enfrentar con políticas firmes una crisis que llegó del norte, pero que ya es nuestra. Es inaplazable reconocer las lecciones internacionales, asumiéndonos como jugadores en ese tablero. La política de la inacción es la peor respuesta que se puede adoptar. montesco98@yahoo.com Analista político |