La polarización de posturas respecto al TLCAN observada en México (véase nuestra entrega del 18/XII/08) se presenta también en Estados Unidos. En una encuesta realizada por la revista Fortune (25/I/08), 41% de los estadounidenses afirmó que el TLCAN ha perjudicado a la economía de su país y sólo 24% estima que la ha beneficiado. En general, 68% de los estadounidenses piensa que el comercio internacional ha beneficiado más a los países que comercian con Estados Unidos y sólo 23% considera que su país ha sido el más beneficiado.De manera específica, 78% afirma que el crecimiento del comercio exterior ha empeorado la situación de los trabajadores estadounidenses y sólo 15% estima que la ha mejorado. En una evaluación de conjunto, 63% afirma que el crecimiento del comercio internacional “es malo para Estados Unidos porque resulta en la pérdida de puestos de trabajo y salarios más bajos”; y apenas 30% considera que “es bueno debido a que conduce a precios más bajos para los consumidores”. Estos hallazgos son consistentes. Una encuesta realizada por NBC News y The Wall Street Journal en diciembre de 2007 preguntó a los estadounidenses “si la naturaleza cada vez más global de la economía estadounidense era buena (‘debido a que ha abierto nuevos mercados y generado más empleos’) o mala (‘debido a que ha sometido a las empresas estadounidenses a una competencia injusta y a mano de obra barata’). Un 58% de los encuestados dijo que era mala y sólo a 28% le pareció buena” (The Wall Street Journal, 21/II/08). El problema se agrava porque los efectos adversos de la mano invisible del mercado global no han sido satisfactoriamente atemperados por políticas públicas. De acuerdo con Fortune, 79% de los estadounidenses calificó de insuficiente el trabajo de su gobierno “para ayudar a los trabajadores que han perdido sus empleos debido a los salarios bajos en el extranjero y al aumento de la competencia”. En estas condiciones, quienes apuestan a que el presidente Barack Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, darán la espalda a su promesa de renegociar el TLCAN podrían perder la apuesta. Como observó Nina Easton: “Mientras que el presidente Clinton fue capaz de atraer a la opinión pública hacia una agresiva agenda de libre comercio”, ahora el Partido Demócrata “está liderando a Estados Unidos hacia una era de duda, con sus gurús económicos convencidos de que la globalización —en su forma actual— está costando a la clase media y enriqueciendo a una élite” (N. Easton, “America sours of free trade”, Fortune, 25/I/08). Entre estos gurús se encuentra Joseph Stiglitz. Al recomendar a Obama renegociar el TLCAN, señaló: “El NAFTA para mí no es un acuerdo de libre comercio sino un acuerdo de comercio administrado por los intereses especiales y corporativos, principalmente de Estados Unidos; no tiene como beneficiarios ni al pueblo estadounidense ni al mexicano ni al canadiense”. Por eso, “creo que debería darse una revisión que termine beneficiando a los pueblos de nuestros tres países y no sólo a unas cuantas empresas, que se resistirán a los cambios” (Reforma, 4/XI/08). Esta fue precisamente la visión del TLCAN que Obama presentó durante su campaña: “Tenemos que entender —dijo— que el TLC ha funcionado en unas partes y ha causado estragos en otras”. “Ha funcionado para los grandes intereses corporativos, pero no para la clase trabajadora” (EL UNIVERSAL, 27/II/08). Esta visión tiene raíces profundas en Obama: “No estoy aquí —dijo— para decirles que debemos oponernos al libre comercio, pero vi lo que pasó con las comunidades cuando se cerraron las fábricas y los empleos se fueron del país; lo vi cuando era un organizador comunitario” (EL UNIVERSAL, 24/II/08). Por eso, frente al desencanto de los ciudadanos de Main Street con la mano invisible del mercado global, más vale que México prepare su propia agenda para renegociar el TLCAN. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |