Esta preponderancia de los asuntos comerciales en la agenda bilateral aporta quizá el punto de arranque ideal para especular sobre el impacto que la crisis económica mundial tendrá sobre la relación de ambos países.Conviene comenzar con un poco de memoria. Hacia mediados de los noventa, el vertiginoso aumento de las importaciones de vestido, calzado y productos electrónicos de origen chino comenzó a provocar un desajuste en el sector manufacturero mexicano que derivó en una creciente presión política interna para controlarlo. El gobierno mexicano reaccionó con la imposición de cuotas compensatorias elevadas y una batería de barreras que no lograron contener de todo el aluvión importador, pero abrieron un nuevo frente de fricciones en al relación bilateral. Esta fricción adquirió niveles aun mayores por un efecto involuntario de algunas cuotas compensatorias excesivas, que elevaron la rentabilidad del contrabando y lo impulsaron a niveles sin precedente. Las bases para un accidentado diálogo bilateral sobre flujos comerciales quedaron así sentadas. Como si no fuera suficiente, el poderío exportador chino afectó también a las ventas mexicanas a Estados Unidos, al provocar el desmantelamiento de plantas maquiladoras, cuya producción estaba totalmente dedicada al mercado norteamericano, y al intensificar la competencia de precios que los exportadores mexicanos enfrentaron en ese mismo mercado. Hacia 2005 era evidente que el comercio intrarregional sufría pérdidas como consecuencia de la penetración de importaciones chinas que, por cierto, no gozaban de los beneficios de un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Un arduo y largo proceso de negociación para el acceso de China a la OMC debió tener lugar para que las rutas de la distensión comercial empezaran a trazarse. Bajo la condición de obtener un período de transición inusualmente largo antes de reducir sus barreras comerciales y recurrir a la mediación de la OMC en disputas comerciales con China, México aceptó la incorporación de China al sistema mundial de comercio. El acuerdo fue seguido muy pronto por la creación de un Grupo de Alto Nivel en el que funcionarios de ambos países pudieron conversar de manera estructurada y periódica sobre los problemas del comercio bilateral. Aunque esto abrió una rendija para limar asperezas en la relación comercial, la inquietud mexicana por el desbalance del comercio y el crecimiento en el contrabando de productos chinos permaneció en el trasfondo del diálogo. Hoy es probable que el impacto de la crisis económica mundial sobre los patrones de comercio de ambos países termine logrando aun más para distender la relación, quizá por encima de lo alcanzado mediante el diálogo y el conjunto de medidas desplegadas hasta ahora. La razón es que la contracción de la economía norteamericana ha sido acompañada por una depreciación cercana al 20% del peso frente al dólar, y por el mantenimiento de la paridad de la moneda china, cuyo efecto conjunto es la disminución del precio relativo de los productos mexicanos frente a los chinos. Bajo el escenario de que el impacto de esta depreciación resulte mayor al de la contracción económica, la competitividad de los productos mexicanos deberá aumentar casi automáticamente, brindando un anhelado respiro a empresas exportadoras o competidoras con importaciones. Esto contribuiría en principio a disminuir el desbalance en el patrón del comercio México-China. De producirse el efecto anterior, la crisis abrirá a su vez una ventana de oportunidad para elevar el perfil de la cooperación en áreas que merecen mayor atención en la agenda bilateral. Y en esto la coyuntura política internacional de México aporta un valioso estímulo adicional. Con su participación a partir de enero de 2009 en el Consejo de Seguridad de la ONU, México será llamado a tomar decisiones junto con China sobre la forma de encarar desafíos a la seguridad internacional. China y México, vale recordar, comparten un enfoque conservador respecto a las intervenciones militares, que puede servir de punto de encuentro en el seno de este Consejo. Y con la participación de China y México en el proceso de diálogo de los países del G8+5, tendrán ocasión de influir sobre los términos de la relación entre economías avanzadas y emergentes, especialmente en asuntos relativos a la estabilidad económica mundial, el cambio climático y la promoción del desarrollo. Estos dos foros pueden convertirse entonces en un espacio de coincidencias que compense por el registro de una difícil relación comercial. Aunque la crisis económica puede aportar un espacio de distensión, la construcción de una relación sana en otros ámbitos es una de las mejores inversiones que ambos países pueden realizar. Internacionalista |