Se acaban de cumplir 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU. Este aniversario, sin embargo, está plagado de malas noticias. Aunque se ha avanzando mucho en la protección de los derechos básicos de las personas, no podemos ocultar los nubarrones que impiden su realización completa y que amenazan con generar nuevos retrocesos.Las condiciones más elementales para la existencia aún no están dadas para muchas personas en el mundo. Más de 900 millones están en situación de subalimentación y 200 millones de familias tienen que subsistir con ingresos de un dólar diario. La discriminación es todavía hoy un fenómeno preocupante. En 70 países se persigue, incluso penalmente, la homosexualidad. En otras naciones, como México, se niega su reconocimiento jurídico, intentando una “aberración”. Mujeres, migrantes, personas con discapacidad, adultos mayores, minorías religiosas e indígenas son víctimas cotidianas del menosprecio y de la vulneración de sus derechos sólo por ser quienes son. Detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales se practican en diversas naciones, incluyendo la nuestra. En Guantánamo han sido encarceladas más de 800 personas, a las cuales no se les ha permitido en muchos casos ni siquiera contar con un abogado. Según ONG, hay al menos 17 buques de la armada de EU que interrogan y torturan a detenidos en alta mar, lejos de cualquier control judicial. En México, terminaremos el año con más de 5 mil ejecuciones, la mayoría de las cuales quedarán sin ser investigadas ni castigadas. La impunidad sigue presente en 98% de los casos. Los migrantes siguen siendo una humanidad errante cuyos derechos son pisoteados en las puertas de entrada del mundo más desarrollado, pero también en los países periféricos como México. En el mundo hay al menos 200 millones de personas que viven fuera de su país de origen, 10 millones que son apátridas, no tienen nacionalidad, y otros 10 millones que tienen la calidad de refugiados. La libertad de expresión tampoco vive su mejor momento. La posibilidad de expresar y comunicar libremente el pensamiento está apresada entre los grandes intereses de los grupos transnacionales y las amenazas de las mafias oficiales y no oficiales del narcotráfico, el secuestro, el comercio de armas y la trata de personas. Los espacios de comunicación se van volviendo cada vez más homogéneos y el pensamiento disidente encuentra menos lugar para hacerse escuchar. A quienes se atreven a informar sobre temas “delicados” se les amenaza o se les elimina físicamente. El desempleo y la falta de oportunidades laborales se han disparado durante este año. Subempleo, precariedad laboral, discriminación en el trabajo, acoso, falta de condiciones salubres y salarios miserables son permanentes en nuestro tiempo y horizonte. Doce millones de personas son esclavizadas laboralmente en el mundo, bajo la tiranía de guerrilleros o de autoridades. Frente a tales violaciones pocas voces se atreven a levantarse. Está de moda la flexibilidad laboral, la productividad, la responsabilidad. De derechos de los trabajadores ya nadie habla. Podemos ver en este aniversario un mundo lleno de paradojas y de retos, un mundo que se nos está yendo de las manos. La pregunta es cómo responder ante estas tragedias diarias. Quizá el primer paso sea recordar siempre el valor de los derechos humanos. Sin ellos la vida carecería de significado y sus más altos valores —igualdad, libertad, justicia— serían poco menos que promesas vanas e irrealizables. Sin una cultura de los derechos será imposible tomar medidas para comenzar a cambiar una realidad que nos ofende y nos lastima profundamente. Depende de cada uno de nosotros. www.miguelcarbonell.com Investigador del IIJ-UNAM |