La aceptación por el Tribunal Constitucional checo del Tratado de Lisboa que permite profundizar y agilizar el funcionamiento de la Unión Europea es una buena noticia, una de las pocas que llegan de Europa oriental en términos de integración.
Nadie pensó que aceptar a 10 países ex comunistas que nunca habían sido democráticos iba a ser una tarea fácil. Se podía esperar un repunte del conservadurismo y de la religiosidad. También se podía esperar un atlantismo sin reserva después de tantas décadas de opresión por parte de Rusia.
La mala sorpresa viene del populismo que parece haber conquistado muchos electores en casi todos los nuevos miembros del Este. La República Checa, la única en tener una breve experiencia democrática hubiera podido ser la excepción, pero aunque más matizado que en otros casos, no se ha salvado del todo. Su presidente, Vaclav Klaus, despotrica contra la Unión y sus valores y rechaza firmar el Tratado de Lisboa aun si fue negociado por el gobierno legítimamente electo, votado por el Parlamento y aprobado por el Tribunal Constitucional.
Este rechazo al funcionamiento normal de las instituciones democráticas, por parte de presidentes, es una característica del populismo y es de temer. Más aún en el caso de la República Checa que va a presidir la Unión a partir de enero. Tendrá tres retos importantes, mejorar la relación con una Rusia siempre más amenazante, hacer aprobar el Tratado de Lisboa atorado por los electores irlandeses y mantener la cohesión y la acción de la Unión ante la crisis económica que la azota.
Aparentemente no está preparada para ser un buen mediador para ninguno de estos retos, pues tiene posiciones muy marcadas. Frente a Rusia, su dolorosa experiencia y el haber aceptado ser un aliado militar incondicional de Estados Unidos dificultará las negociaciones. Le será también difícil convencer al presidente polaco y al gobierno irlandés si su propio presidente critica el tratado y rechaza firmarlo. Finalmente en cuanto a la economía, sigue siendo uno de los países más a favor de la no intervención pública.
Claro nadie puede dar lecciones. Después de todo el populismo es más grave en miembros más ricos y antiguos como Austria e Italia. Las dificultades en aceptar el Tratado de Lisboa no son propias de la República Checa y Polonia sino también se hicieron evidentes en Francia, los Países Bajos, el Reino Unido y por supuesto Irlanda para no nombrar a Suecia, la próxima presidenta después de la República Checa, que aún no lo adopta.
Finalmente, en cuanto a la acción económica, el mayor obstáculo a los planes franceses-británicos de intervención masiva no ha sido el dogmatismo de los nuevos conversos orientales a la economía de mercado sino Alemania.
Más allá de estas consideraciones coyunturales, nadie puede afirmar que las opciones checas no son tan válidas como las más tradicionales. Frente al peligro ruso, por ejemplo, la firmeza y la experiencia checa pueden ser más eficaces que la “flexibilidad” demostrada por Francia y Alemania sin resultado.
El único problema seguirá siendo los previsibles despuntes de Vaclav Klaus, que no hace ningún favor a su país, dañando su imagen como lo hace actualmente. Se tarda mucho en restaurar una imagen, sobre todo cuando se es débil.
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