El comando terrorista quería armar en Bombay/Mumbay, la metrópoli financiera de India, otro 11 de septiembre. Llamó la atención sobre un gigante que ignoramos cuando es tan importante para el futuro de la gran familia humana, como China. Por lo menos ha logrado algo que no pensaba: hacer descubrirnos cuan cerca de nosotros está India, ese gigante demográfico, intelectual y científico.
Ahora bien, nos había pasado desapercibido que, hace dos años, la misma Bombay había perdido 200 o 300 ciudadanos, víctimas de atentados simultáneos en varios trenes, al estilo del atentado del 11 de marzo de 2004 en las estaciones de Madrid; tampoco prestamos mucha atención al rosario de atentados desgranado a lo largo de los 10 últimos años. Esa violencia tiene dos formas: una guerrilla marxista por un lado, llamada “naxalista”, especialmente en el norte del país, en la llamada “tribal”, violencia acompañada de discurso marxista; y una guerrilla mitad nacionalista, mitad religiosa, desde que despertó la cuestión del Cachemira, territorio musulmán en su inmensa mayoría, peleado por India y Paquistán, desde su doble y sangrienta independencia de 1947.
En los últimos años ha surgido una tercera forma de violencia, político-religiosa, parcialmente ligada a la cuestión del Cachemira y que toma una doble forma, la hinduista y la islamista. “Hindutva”, que se podría traducir por “hindianidad”, es una ideología nacionalista de derecha extrema con tintes religiosos, que nació en el siglo XX y que ha sido instrumentalizada a partir de 1980 por el partido BJP (Bharatija Janata Party, Partido del Pueblo Hinduista). Ese partido, hoy en la oposición al nivel federal, controla 12 estados y espera ganar las elecciones federales de mayo para derrotar al Partido del Congreso. Se ha distinguido por sus exacciones constantes contra todas las minorías no “hindíes”, en particular contra musulmanes y cristianos. En los últimos años ha provocado varias matanzas masivas de musulmanes, lo que a su vez ha desatado la violencia islamista. El resultado es que, hoy, los atentados que sacuden India pueden lo mismo tener un origen externo, o sea, desde Paquistán, y entonces tienen que ver con la cuestión de Cachemira, e interno: hay cerca de 200 millones de musulmanes en India.
Hay que saber que India es como una UE que, además de lo que abraza, integraría África del Norte y el Cáucaso, una verdadera Torre de Babel; en India se cambia de lengua cada 100 kilómetros y la gente no tiene el mismo color de piel de una región a la otra, sin hablar de las religiones... El pluralismo debería ser la regla, y así lo dice la Constitución federal, pero los gobiernos del BJP no la respetan y sueñan no con la limpieza étnica, sino con la limpieza religiosa.
Los cristianos forman apenas 6% de la población, lo que significa que son decenas de millones en un país que demográficamente va a rebasar China; los cristianos tienen una presencia milenaria pero su expansión, en forma pentecostal y evangélica, es reciente; hoy, en la Compañía de Jesús, el grupo nacional más numeroso es de India. Desde hace varios años, los cristianos la pasan mal en los estados gobernados por los intolerantes y desde la Navidad de 2007 la violencia no ha parado, especialmente en los estados de Orissa, Gujarat y Chattisgarh; sólo en Orissa y en Navidad fueron quemados 55 templos y las casas de varios cientos de familias cristianas, en la peor ola de violencia anticristiana de la historia de India. Seis de los 12 estados gobernados por el BJP han pasado leyes que prohiben el “proselitismo” y las “conversiones forzadas”, cuando hasta la fecha sus tribunales no han podido comprobar una sola conversión forzada. Agosto de 2008 vio una segunda oleada anticristiana en Orissa, sin la menor intervención de las autoridades.
En cuanto al gobierno federal del Partido del Congreso, teóricamente defensor de la laicidad, está paralizado por el temor de perder las elecciones frente al BJP. Los atentados de Bombay de la semana pasada lo han debilitado frente a la opinión pública y le sirven a su rival. Los liberales protestan contra su “cobardía” y dicen que la religión no debería jugar ningún papel en los asuntos públicos.
“Todos somos responsables de las minorías y de su suerte. No podemos abandonarlas a los aprendices de brujo extremistas y llenos de odio”, escribe el valiente y generoso Kuldip Nayar.
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE
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