Jesús Ortega está condenado a convocar mil veces a la unidad, pues tras la batalla campal que lo llevó a la presidencia del PRD, ya no podría inyectar nuevas razones para dividir al partido. Pero dudo mucho que los grupos que lo conforman puedan —e incluso deban— llegar juntos a las elecciones de 2009, y mucho menos a las de 2012.Lo que identifica a las corrientes que integran el PRD no es una ideología compartida ni una visión común sobre el país que desean. Su sello de identidad es, más bien, la forma en que hacen política: una búsqueda tenaz de personas y asociaciones que van sumando voluntades inconformes entrelazadas, en una parte, por su oposición al gobierno y/o a la situación general y, en otra, por intereses puntuales de toda índole. Cada corriente aporta una cuota de militancia y capacidad efectiva de movilización, pero cada una reclama, a la vez, una parcela equivalente de influencia en las decisiones y en el reparto de posiciones políticas: dime cuántos eres y te diré quién eres. Pero esos grupos no están integrados por sus ideas, sino por sus necesidades insatisfechas y su exclusión, orquestadas por liderazgos que les ofrecen una pequeña ventaja, una oportunidad, una esperanza. A cambio, les piden fidelidad y beligerancia: estar donde y cuando deben estar, y adherirse a las consignas del día. Por eso se mantiene vigente Andrés Manuel. No tiene un compromiso ideológico definido, sino una admirable capacidad para darle sentido a la incomodidad popular y acuñarla en causas puntuales. Ayer se expresó en la esperanza de un gobierno para los pobres, luego en el agravio de la exclusión amañada y hoy en la recuperación del nacionalismo revolucionario: esa bandera que fue del PRI mientras éste fue partido de masas organizadas y que López Obrador ha manejado desde sus orígenes con verdadera maestría, una vez repartiendo y otra vez reclamando. De ahí que la unidad propuesta por el presidente del PRD no tenga destino: para obtenerla, tendría que abandonar sus banderas, plegarse al reparto de cuotas y seguir las causas del líder moral. Pero Jesús Ortega sostiene otra cosa: dice que su deseo es convertir al partido en una opción democrática y que está dispuesto a romper la lógica corporativa que lo ha visto crecer; dice que apuesta por la socialdemocracia como una ideología definida, y que combatirá la difusa mentalidad afincada en el nacionalismo justiciero de Andrés Manuel; dice que quiere contribuir a la consolidación democrática del país, y que desea superar la mecánica del agravio infinito y del insulto automático a cualquier posición disidente; dice que aspira a convocar una izquierda para el siglo XXI y abandonar la de los años 80. Pero nada de eso es posible sin romper en definitiva con López Obrador y, por lo tanto, con la tradición política que vio nacer al partido que hoy tiene en sus manos. El partido que se imagina Jesús Ortega ya no sería el PRD. O no, al menos, el que se aglutinó en torno del movimiento agraviado y corporativo de López Obrador. Por eso pienso que les valdría más romper de una vez: que cada quien siga su ruta, pues ambos mantienen visiones totalmente distintas. El líder intransigente encontraría cobijo en Convergencia y en el PT y, a la vez, les ofrecería votos para conservar su registro, mientras que Ortega podría lanzarse de plano a la aventura de inventar un partido que todavía no existe. De lo contrario, con Andrés Manuel a la sombra, el PRD seguirá siendo la misma gata, pero revolcada. Profesor investigador del CIDE |