En buena parte de la literatura política, los gobiernos suelen ser descritos a través de metáforas: redes, nervios, aparatos, estructuras, actores… Yo quiero proponer la siguiente: el gobierno como un conjunto de tuberías que lo mismo sirven para distribuir agua limpia que para drenar la sucia. Tuberías que no sólo deben tener un destino preciso, sino que además deben mantenerse fuertes, limpias y sin fisuras, para que esa doble función pueda cumplirse.Esa metáfora me sirve para decir que las tuberías del país necesitan trabajos urgentes de fontanería. No es suficiente diseñarlas en un plano de construcción; decir que debería haber tuberías o incluso instalarlas, para luego desentenderse de ellas. En México abundan los planes, pero fracasan los medios para hacerlos cumplir. Los tubos que deben distribuir agua limpia están fisurados y desviados. Los que deben drenar están completamente tapados. Las fuentes no están bien conectadas con los destinos y se pierden muchos recursos en el camino. Pero casi nadie se ocupa de eso. Nos gusta hablar de grandes propósitos y nos encanta poner reglas. Pero desatendemos el trabajo más simple y directo del fontanero. Para poner en marcha un programa, de cualquier tipo, se necesita personas capacitadas, recursos bien colocados y una organización eficaz: asuntos que parecen triviales ante la grandilocuencia de los planes trazados y la fuerza de los discursos. Pero si los programas de seguridad pública no funcionan, es porque los drenajes están bloqueados por el crimen organizado; si los recursos destinados al campo no llegan a su destino, es porque las tuberías de distribución se han desviado hacia los más ricos; si los programas de infraestructura no están produciendo los empleos y el efecto deseados, es porque los dineros se escapan entre los responsables de su ejercicio, etcétera. Descuidamos la fontanería, hasta el punto en que ya no podemos confiar en los programas que buscan solucionar los problemas públicos, ni en los métodos que se emplean para asignar los dineros. Cosa muy grave, pues no existe otro medio para hacer más habitable, más justo y más seguro el país. Si el Estado carece de medios para asegurar que sus propósitos puedan cumplirse, todo el edificio puede venirse abajo. Necesitamos fontanería para destapar los conductos que están impidiendo la llegada de las personas más aptas a los puestos públicos, en todo el país; la necesitamos para garantizar que la información fluya con libertad y veracidad hacia el público; para que las compras y la contratación de obras públicas se liberen de corrupción y multipliquen sus beneficios; para que haya una conexión diáfana entre los recursos empleados y los destinos deseados, mediante la rendición de cuentas. Necesitamos destapar las tuberías burocráticas y entender que mientras sigan bloqueadas, la democracia no podrá ofrecer resultados. Lo que está sucediendo en materia de seguridad pública se está repitiendo por todos lados: no hay fontaneros, sino personas que ordeñan las tuberías para provecho propio, otras que buscan taparlas para que no funcionen y otros que, de plano, quieren dinamitarlas. Tuberías: medios para conectar las fuentes con sus destinos; para estar seguros de que el dinero y las decisiones han de llegar a los propósitos públicos a los que están dirigidos, sin perderse, sin desviarse, sin detenerse. De momento, ya no necesitamos más arquitectos, ni mucho menos brillantes decoradores. Lo que nos urge son fontaneros. Profesor investigador del CIDE |