La catástrofe económica que el mundo está enfrentando se originó en Inglaterra durante el siglo XIX cuando la Revolución Industrial generó un cambio trascendental en las manufacturas, a través de la producción masiva de bienes de consumo, que forzó a la población a absorber múltiples productos que no tenía capacidad ni recursos para adquirir, provocando una presión cada vez mayor en los industriales que querían colocar su producción frente a un mercado que no tenía posibilidad real de absorberla; lo cual provocó varios paros de producción que los empresarios ya no quisieron tolerar a partir de la Segunda Guerra Mundial.Desde la conferencia de Bretton Woods los planteamientos de la industria se hicieron cada vez más rígidos e inflexibles, hasta llegar a los 70, en que el gobierno del presidente Nixon abandonó el patrón oro para entrar en una carrera sin freno, en que la producción tenía que seguir multiplicándose a cualquier costo, para lo cual se expandieron en forma desmesurada los flujos de crédito y la especulación bursátil para así forzar un consumo masivo e innecesario. En ese entorno llegamos a estos últimos años en que los bancos, con la protección de sus gobiernos, “regalaron” financiamiento a diestra y siniestra mientras las bolsas llevaban la especulación hasta lo increíble; para así impulsar la expansión productiva y el consumo a niveles nunca vistos; todo lo cual propició que la industria petrolera pudiera lanzarse a una escalada desenfrenada de precios, que multiplicó los costos de todos los productos y propició escasez y carestía en los alimentos, que finalmente detonaron la crisis actual. Como resultado de todo ello, hoy estamos enfrentando la más aguda contracción mundial de producción y de mercado, que no tiene paralelo en la historia moderna y que ha llevado a la quiebra a los bancos, a la industria automotriz estadounidense y a la construcción, multiplicando ese fenómeno en cientos de miles de industrias y comercios en el mundo entero. Ante esta catástrofe económica global, los gobiernos sólo aciertan a repartir fondos públicos entre los quebrados, mientras China sigue comprando la inmensa deuda internacional en dólares, a cambio del acceso irrestricto a los grandes mercados; todo ello en el ámbito de una quiebra global que no habrá de superarse hasta que todos perdamos el enorme monto de dinero falso que todavía existe como consecuencia de este megadesfalco. editorial2003@terra.com.mx Doctor en Derecho |