La reducción unilateral de aranceles a la importación de mercancías procedentes de países con los que México no tiene tratados de libre comercio, anunciada por la Secretaría de Economía como un proyecto que arrancará este año, ha causado justificada inquietud entre el empresariado mexicano, incluidos los presidentes del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y la Concamin.Hay que hacerles caso. Las autoridades de comercio exterior deberían preguntarse: ¿si la plena desgravación de las importaciones es tan benéfica para la prosperidad de las naciones, por qué ninguna de las grandes economías industrializadas la ha realizado? De acuerdo con recientes cifras del Banco Mundial, el índice general de restricción arancelaria al comercio fue de 8.39% en Japón, de 4.72% en la Unión Europea, de 4.14% en Canadá y de 2.9% en Estados Unidos. En una visión retrospectiva, ninguna de las naciones de mayor abolengo industrial logró desarrollarse en un marco de liberalización unilateral de su comercio exterior. Por ejemplo, desde 1821 hasta 1940, el arancel promedio ponderado en Estados Unidos osciló entre 22% y 52%, con un promedio arancelario cercano a 40% (véase S. Fischer y R. Dornbusch, Economía, McGraw-Hill, 1988); y todavía en 1989 el arancel promedio simple en Estados Unidos fue de 6.3% y su promedio ponderado de 4.4%. En este último año, Canadá tenía un arancel promedio simple de 8.8%, con un promedio ponderado de 7.3%; y en los países que hoy integran la Unión Europea, las cifras fueron 8.7% y 7%, respectivamente. Entre los países de nueva industrialización —con la excepción de los muy singulares casos de Hong Kong y (casi) Singapur—, ningún otro país aplica esa extraña política. Baste un ejemplo: en Corea del Sur, el arancel promedio simple —según las más recientes cifras del Banco Mundial, correspondientes a 2005— fue de 9% y el arancel promedio ponderado de 9.3%; mientras que en México las cifras fueron de 9.2% y 3%, respectivamente. Sin embargo, con menos liberalización comercial, Corea del Sur brincó del subdesarrollo al desarrollo: su PIB per cápita pasó de mil 938.8 dólares corrientes en 1982 a 19 mil 750.8 dólares en 2007, mientras que el PIB per cápita de México apenas pasó de 2 mil 708.1 dólares corrientes en 1982 a 8 mil 478.9 dólares en 2007. Finalmente, las economías emergentes de acelerada industrialización tampoco están obsesionadas con un arancel próximo a cero. En India, por ejemplo, la tasa arancelaria media simple en 2005 fue de 17%, con un arancel promedio ponderado de 14.5%; pero su PIB creció a una tasa media de 6.7% anual durante los últimos tres lustros, mientras que el PIB de México apenas creció a una tasa de 2.9% anual durante el mismo lapso. La razón es sencilla: las realidades de la economía no se ajustan a la visión librecambista ortodoxa. Más aún, las imperfecciones de los mercados (con información incompleta y asimétrica, oligopólicos o segmentados, etcétera), los rendimientos crecientes a escala, los factores institucionales que condicionan el desarrollo y la difusión del conocimiento y la tecnología, así como los efectos externos del desarrollo de sectores productivos específicos, están fuera de la visión librecambista. Como señaló Paul Krugman, laureado con el Premio Nobel de Economía en 2008 precisamente por sus contribuciones a la teoría del comercio internacional: “El modelo idealizado en que se basa la defensa clásica del libre comercio ha dejado de ser útil. El mundo es más complejo y no hay duda de que las complejidades plantean, en principio, la posibilidad de una política comercial o industrial activa y exitosa” (P. K., Strategic Trade Policy and the New International Economics, MIT Press, 1986). Por eso, el comercio administrado y la política industrial activa son prácticas habituales en los países desarrollados y en los recientemente industrializados, cuyas políticas económicas son pragmáticas y no dogmáticamente librecambistas. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |