El desencanto con la democracia mexicana recién nacida obedece, a primera vista, a la incapacidad del régimen para resolver los problemas públicos más apremiantes (como la inseguridad, el desempleo o nuestra pésima calidad de vida). Luis F. Aguilar lo ha descrito muy bien: dejamos la prepotencia y llegamos a la impotencia.Pero tras esa primera impresión hay otras razones mucho más graves: el nuevo régimen no está ofreciendo un proyecto de vida en común, no está produciendo cohesión social y está plagado de corrupción. No sólo es ineficiente sino que está siendo, sobre todo, muy deficiente. Si nos quedáramos con el diagnóstico de la ineficiencia, confundiríamos a la democracia con la gerencia, y creeríamos que gestionar los problemas del día equivale a consolidar el régimen democrático. Con frecuencia observo que eso piensa el gobierno de México: que la administración pública es algo así como la gerencia de Wal-Mart, pero en mayor escala. También percibo que el predominio de los partidos y las contiendas electorales sobre la agenda pública del país ha llevado a construir, en el imaginario del pueblo, una especie de democracia de turnos: si ayer gobernó el PRI, hoy le toca al PAN, y mañana, a quien gane las próximas elecciones. En esa lógica, la gente no importa sino como un dato estadístico: los que se reflejan en la calificación de la última encuesta, en las tendencias electorales recientes o en las percepciones públicas sobre los problemas en curso. Datos indispensables, acaso, para lidiar con la mercadotecnia cotidiana de la política y su parafernalia de declaraciones, boletines y conferencias de prensa, tan efímeros como la moda o la fama, y carentes de largo aliento: nuestra democracia se agota en los noticiarios del día. Nuestra clase política no está pensando en los ciudadanos ni en el país que nos gustaría, sino en sus oponentes. Todo se lee y se dice en clave de contienda definitiva por el poder, como si los partidos no fueran agrupaciones de ciudadanos dispuestos a convivir y entenderse con otros, sino iglesias fundamentalistas: “Si no estás conmigo, estás contra mí”. Y aun dentro de los partidos está sucediendo lo mismo: el PRD se ha desfondado entre los fanáticos y los adversarios de Andrés Manuel; el PAN se desgarra entre los seguidores de Calderón, los confesionales y los pragmáticos; el PRI, entre los partidarios de sus precandidatos indiscutibles a la Presidencia de la República. Los demás buscan, desesperados, la clientela propicia. ¿De qué se trata? De nada sustantivo, en absoluto. Se trata de conservar el espacio ganado, de ensancharlo mientras se pueda, de combatir a los enemigos y de enarbolar la bandera del triunfo. Es imposible generar la cohesión social en un escenario como éste. En cambio, la señal de la corrupción corre por todos los medios, pues lo importante es ganar de cualquier modo. No me refiero tanto a la corrupción simple de la mordida, aunque ésta valga millones, cuanto a la apropiación salvaje del espacio de la política y el poder para imponerse a los otros. Andar a la gandalla como cultura política. Después del 88, muchos creímos que el conflicto era una condición inevitable para la construcción de la democracia. Después de 2006, aquella tragedia se volvió farsa y el conflicto amenaza con destruir a la democracia. Nunca fue cierto que así sea la normalidad democrática. Pero como diría González Pedrero, citando a Lázaro Cárdenas: “Para que las cosas se pongan mejor, antes se tienen que poner peor”. Y allá vamos, sin duda. Profesor investigador del CIDE |