En 1982 escribí, en este mismo espacio, un artículo sobre las dificultades y obstáculos que enfrentaba la izquierda mexicana para unirse en la campaña electoral de ese año. Subyacía un impedimento fundamental: sus abiertas diferencias. El punto de inflexión se encuentra, históricamente, en la definición acerca de si la intención es convivir dentro de las instituciones democráticamente establecidas (y, por ende, plurales: izquierda, centro, derecha), o destruirlas, para dar lugar a un régimen representativo de los intereses de los pobres y patriotas. Este punto ha dividido siempre a las izquierdas.Hoy esas diferencias siguen subsistiendo, incluso con varios agravantes. Todo el debate dentro del FAP (PRD, PT, Convergencia) se reduce a esto. Una disputa entre la izquierda institucional y la antiinstitucional. Entre la disposición a hacer política dentro de las instituciones o fuera de ellas, y en contra de ellas. Hoy se están elaborando nuevas expresiones de la unidad de las diversas izquierdas. Por un lado, el PRD, con Jesús Ortega a la cabeza, emprende un esfuerzo unitario con el Partido Socialdemócrata, con una parte del Partido del Trabajo y organizaciones sindicales, campesinas y populares. Por el otro lado, el PT oficial y Convergencia han anunciado su intención de conformar un bloque electoral ligado a López Obrador y esencialmente antiinstitucional. En todo el mundo, las izquierdas se han dividido en dos fracciones parecidas. La izquierda institucional es, en general, una opción de poder, mientras la antiinstitucional suele ser testimonial. Esta división ha permitido al electorado tomar sus decisiones sobre bases claras. La confusión persiste cuando la izquierda, bajo un falso planteamiento unitario, se mantiene dentro de una sola estructura, conviviendo dos concepciones contradictorias. El PRD parece reproducir este último modelo, asegurándose así que su turbulencia interna seguirá. La razón es pragmática: si se divide, perderá el DF, la joya de la corona para el PRD, Ebrard y López Obrador. Se reproduciría el “acapulcazo” de hace unas semanas. Alejandro Encinas no acepta la secretaría general del PRD, pero permanece en ese partido para seguirlo dividiendo, por instrucciones de López Obrador. Lo mejor habría sido la separación de las dos concepciones en partidos diferentes, para que el electorado decida cuál de las dos tiene el mayor apoyo y cuál el menor. Más saludable para las izquierdas y para la democracia. ricardopascoe@hotmail.com Analista político |