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Este 12 de noviembre se cumplen 357 años del nacimiento de Juana Inés de Asuage Ramírez, que tal (y no “Asbaje”, según suele repetirse) es el apellido de nuestra Décima Musa. Fue dada a luz en 1651 (no en 1648) en el pueblo de Nepantla, en el actual estado de México. Descendiente de agricultores, se halló agraciada con tal hermosura, don poético, donaire y agudeza que pronto se ganó tanto los corazones de sus compatriotas como los de incontables extranjeros que, ávidos de su obra a lo largo y ancho de los reinos españoles, la solicitaron insistentemente. Famosa como pocos, sus libros se vendieron más que los de Góngora, Quevedo y Calderón. Junto a estos gigantes acabó de cincelar la lengua castellana, llevándola a alturas jamás alcanzadas por los hispanohablantes posteriores. Su muerte, acaecida el 17 de abril de 1695, cierra el gran Siglo (correctamente llamado de Oro) de nuestro idioma. Así, México tiene en Sor Juana Inés de la Cruz a un escritor de estatura tal (¡oh desgracia, tener que hablar de ella en masculino para no disminuir su gloria!), que difícilmente aparecerá quien lo iguale. Hoy, que la desgracia parece volcarse sobre nuestra patria, su recuerdo es algo vivificante y alentador. Habitante de tiempos más felices, la lectura de su poesía refresca no sólo con el pacífico aire venido del pasado, sino sobre todo con el de una esperanza nacida de la inteligencia y la belleza. La obra de Sor Juana, en efecto, es la del ser humano en busca de la perfección. Monja católica, su espíritu es el desasimiento y la libertad. Ajena a las mezquindades que comúnmente contaminan al arte por hacerlo con los artistas, la inspiración sorjuanina navega a través del éter de la humildad. Quien en estos días se acerque con ojos desprejuiciados a sus libros (si le es posible, hará bien en consultar la clásica y preciosa edición del padre Alfonso Méndez Plancarte, publicada por el Fondo de Cultura Económica), descubrirá que la nación mexicana es capaz tanto de dar opimos frutos como de solazarse en ellos. Más allá de la basura materialista que los mercaderes del arte y la comunicación nos endilgan; sobrevolando las petulantes e inocuas “irreverencias” de los mediocres “creadores” en boga; desestimando la vileza del pesimismo; infinitamente superior a cualquier manifestación del sandio y timorato “pensamiento” actual; la Décima Musa moja su pluma en la alegría y la confianza en la verdad. Para ella la vida no es una urbe pervertida, sino un mar de posibilidades, de modo que en sus escritos caben el amor humano y el divino; la voz del sufrimiento y la del gozo pleno; el chiste penetrante y la reflexión perspicaz; la entrega abandonada y la meditación ascética; la filosofía y la historia; la literatura y la teología; la ciencia y la Iglesia; Tenochtitlán y Grecia; su celda y el cosmos. Sor Juana es para México una joya preciosa brotada de su intimidad más profunda. Algo comparte, como heredado de él, del misterio de María en estas tierras. Antes dije que su obra es la del ser humano en busca de la perfección. Ésta la alcanzó en el superior momento en que, con humildad y más incendiaria que nunca, se abrasó en las llamas de la caridad. (El autor es escritor y especialista en temas de Sor Juana) |