El 4 de noviembre hubo grandes giros en las historias de México y de Estados Unidos, por razones muy distintas. Allá, los electores optaron por Barack Obama como una alternativa a los errores y la prepotencia inagotables de George W. Bush. En México, se vino abajo el avión en que viajaban el secretario de Gobernación y el asesor más importante del gobierno en la lucha contra el crimen.Lo primero fue obra de la conciencia de una mayoría abrumadora de estadounidenses; lo segundo, nos dicen, fue obra de la casualidad. La elección de Obama fue un signo de esperanza para su país y para el mundo, mientras que la muerte de Mouriño y de Santiago Vasconcelos añadió nuevas razones para el desconsuelo de los mexicanos. Pocas veces se había presentado un contraste más elocuente entre la situación de ambos países. Contraste que se volvió mayor al confrontar el contenido y el sentido de los discursos pronunciados luego por Obama y por Felipe Calderón. El primer discurso del presidente electo de Estados Unidos me recordó, inevitablemente, el de Churchill ante el Parlamento inglés en mayo de 1940, cuando dijo: “No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. Obama lo dijo de otro modo: “Mientras disfrutamos esta noche, sabemos que los retos que traerá el mañana son los mayores de nuestras vidas: dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo”. Y añadió: “Siempre seré sincero sobre los retos que nos esperan. Escucharé, sobre todo cuando estemos en desacuerdo. Y, sobre todo, les pediré que participen en la labor de reconstruir este país de la única forma en que se ha hecho durante 221 años: bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano callosa sobre mano callosa. (…) Esta victoria no es el cambio que buscamos. Sólo es la oportunidad para hacer ese cambio. Y eso no puede suceder (…) sin un nuevo espíritu de sacrificio”. En contraste, el domingo 9 de noviembre el presidente Felipe Calderón convocó a sus correligionarios a enfrentar las circunstancias desde otra óptica: “Para nosotros (dijo, en relación con el PAN), política es la acción humana encaminada a acceder, ejercer y vigilar el poder para hacer el bien común. (Juan Camilo Mouriño) ejerció el poder con todas sus consecuencias, con todas sus amenazas, con todas sus flaquezas, con todas sus fortalezas, con todas sus ingratitudes, porque es muy fácil pontificar sentados desde la columna de mármol, desde el pedestal que se convierte, precisamente por la inacción, en pedestal de imbéciles”. Dos visiones diferentes ante las circunstancias más difíciles. La de Obama, convocando “a un nuevo espíritu patriótico, responsable, en que cada uno colabore y trabaje más y se preocupe no sólo de sí mismo sino del otro”. Una visión que pidió resistir “la tentación del partidismo, la mezquindad y la inmadurez que han envenenado nuestra vida política hace tanto tiempo”. Y la de Calderón, quien llamó a sus copartidarios a honrar la memoria de quien fuera secretario de Gobernación dejando atrás las mezquindades, las ruindades, los pleitos y las envidias “que paralizan la acción del partido, nos alejan de los ciudadanos y además nos hacen perder elecciones”. Para enfrentar los enormes desafíos que tenemos por delante, el presidente Calderón llamó a sus partidarios a conservar y acrecentar el poder ganado a través de su partido “para seguir luchando contra todos los enemigos de México”. El presidente electo de Estados Unidos llamó en cambio a todos los ciudadanos de su país, “con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: sí, podemos”. Profesor investigador del CIDE |