Frente a la elección presidencial en Estados Unidos, ¿cuál sería el mejor presidente para México? ¿Qué sería mejor para Latinoamérica? Hay que poner en contexto la realidad en que el nuevo presidente de ese país asumirá su mandato. Cuando George W. Bush asumió su mandato se generaron muchas expectativas en México de que iba a mejorar la relación bilateral por varias razones. En parte porque Bush llegaba de ser gobernador de Texas, conocía sobre este país y parecía haber una relación cercana con el presidente Vicente Fox. Además, las circunstancias de Estados Unidos en ese momento se prestaban para que este nuevo mandatario le pusiera atención no sólo al vecino, sino a Sudamérica. Vaya que nos equivocamos. Mucho tuvieron que ver en este desmoronamiento de expectativas los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Cambió el paradigma de las relaciones internacionales y de seguridad nacional de Estados Unidos. Hay que recordar cómo se crearon expectativas innecesarias. Se hablaba de acuerdo migratorio entre los gobiernos, pero quienes estudiamos el tema sabíamos que incluso sin atentados terroristas las posibilidades de un cambio en el tema migratorio eran escasas. Yo lo viví cuando iba a testificar ante el Congreso de Estados Unidos como subsecretaria adjunta. Al manejar un presupuesto relativamente grande para la lucha antinarcóticos, a mí me sorprendía que los congresistas insistían en saber cómo podían usar ese dinero para crear más bardas fronterizas. Ya había muchísimas presiones antes del 11 de septiembre para empezar a buscar mejores organismos para controlar el flujo migratorio. Los atentados terroristas sólo fueron un catalizador de esa ansiedad. El nuevo presidente de Estados Unidos va a enfrentar una nueva catástrofe: la situación económica. Todo el enfoque del nuevo mandatario girará en torno a cómo iniciar la recuperación. Muchas de las decisiones no serán fáciles sin importar quién resulta electo, pero el candidato demócrata Barack Obama tendrá una ventaja porque todas las encuestas nos indican que tanto la Cámara Baja como la Cámara Alta van a ser demócratas. El hecho de que haya una mayoría demócrata en el Congreso estadounidense, se esperaría, le dará cierta ventaja a un presidente del mismo partido a sacar adelante iniciativas prioritarias en el primer año de gobierno de manera relativamente rápida. De eso dependerá el resto. Dudo que quien sea nuevo presidente de Estados Unidos pueda cambiar la posición del país ante el mundo, pero Barack Obama representaría un cambio contrario a John McCain. La posibilidad de que el país vecino pueda cambiar su política migratoria, ya no digamos aceptar un acuerdo en la materia, en los próximos dos o tres años también la veo muy remota. Era difícil antes de la crisis económica, hoy es imposible pensar que se vaya a poner sobre la mesa de debate una legislación que permita que millones de indocumentados sean legalizados. La caída de los empleos, la dificultad de costear los servicios públicos, la misma percepción de la población harán muy complicado que haya avances en la materia. El otro aspecto de la relación bilateral es la seguridad. En el pasado los grupos del crimen organizado tenían límites que no estaban dispuestos a cruzar porque garantizaba que toda la fuerza del Estado se avalanzaría contra ellos. Lo que me sorprende es que estos grupos han cruzado esa línea de manera sistemática: atacar mujeres y niños, actuar en lugares públicos, llevar a cabo atentados en contra de la población. Los disparos y la granada lanzados contra el consulado de Estados Unidos en Monterrey también son una señal de que estos grupos ya no temen cruzar estas líneas. En Las Vegas un grupo de personas ligadas a uno de los cárteles mexicanos secuestró a un niño porque el abuelo, ligado a esquemas de lavado de dinero, al parecer les robó. Al final detuvieron al abuelo y rescataron el menor, pero el suceso no tiene precedentes. En Estados Unidos no hay secuestros como industria, éstos suelen ser por conflictos familiares. El hecho de que esto sucediera tan abiertamente y en una zona lejana al área fronteriza refleja una preocupación creciente en ese país por el crimen organizado. Este tema marcará la relación de México con Estados Unidos y en ese sentido la tentación del nuevo presidente va ser con el endurecimiento del control sobre la frontera. Lo más conveniente para México, en todo caso, es que quien gane sea un presidente fuerte, ganador por un margen amplio respecto de su contrincante, que tendría la capacidad de crear consensos y acuerdos con su Congreso. Así habría más posibilidades de hacer los cambios que México necesita. Barack Obama sería el más adecuado para ese papel. www.anamariasalazar.com salazaropina@aol.com Analista política |