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México D.F., a 1 de noviembre de 2008 | 11:43 PM

Jorge Montaño
¿Qué nos conviene?
01 de noviembre de 2008


Nada está escrito en las elecciones presidenciales de Estados Unidos sino hasta que se cierren todas las urnas. El voto en el colegio electoral, sabemos, a veces hace algunas travesuras. Hasta el 4 de noviembre en la noche sabremos, por ejemplo, si el “efecto Bradley” aún está vigente.

Es muy interesante ver el surgimiento de una fuerza joven registrándose en favor sobre todo del candidato demócrata, Barack Obama; esto muestra un entusiasmo nuevo en una democracia que se venía desgastando. La abstención era la constante.

Los atentados terrotistas del 11 de septiembre de 2001 y la crisis económica actual son equivalentes en la medida que cambian por completo todos los factores políticos, incluidas las relaciones internacionales. ¿Qué nos conviene? En realidad es exactamente lo mismo quién gane las elecciones. La preocupación de Estados Unidos no está hacia afuera. Están viviendo una etapa eminentemente introspectiva. La preocupación del ganador será cómo responder a los problemas de las hipotecas, de las tarjetas de crédito, de los pagos de las colegiaturas, de la bolsa del ciudadano estadounidense.

En México nos ponemos muy nerviosos porque no se nos ha mencionado en la campaña. Lo que debería preocuparnos es lo que nosotros vamos a hacer. ¿Cómo hacernos presentes ante quien gane la elección? No es nuevo. En 1992, el tema crucial del gobernador de Arkansas en su campaña por la presidencia de Estados Unidos, Bill Clinton, fue la economía.

México ya tenía un tratado de comercio firmado, sólo faltaba la ratificación del Congreso. Fue necesario hacer una labor de cortejo a quien había ganado la elección para lograr ser el único país que pudo abrir la puerta del presidente electo estadounidense un 4 de enero de 1993 para discutir por qué el Tratado de Libre Comercio de América del Norte necesitaba ser ratificado, pese a que tenía toda la animadversión del Partido Demócrata. El partido, en su plataforma lo señala, es eminentemente proteccionista en cualquier circunstancia: primero son intereses locales, luego los estatales y después los nacionales; México no es ninguna de las tres cosas.

Bill Clinton comprendió que también Estados Unidos tenía ganancias, nos recibió y aceptó, pero condicionó el acuerdo comercial a que le ayudáramos a salvar la cara frente al electorado de su país, al cual prometió echar abajo el tratado. De ahí surgen los acuerdos paralelos en materia laboral y ambiental, decisivos para que el gobernador de Arkansas, presidente electo en ese momento, dijera: vamos adelante.

Si el ganador es el senador Barack Obama, no me queda la menor duda de que nuestro trabajo será más complicado, hallaremos mayores resistencias. El candidato demócrata nunca ha estado en México, no conoce América Latina. Su número dos, Joseph Biden —a quien conocemos muy bien—, siempre se opuso al TLCAN, no es un experto en materia latinoamericana, tiene bellísimas citas —duras todas ellas— en contra de México. Entonces, la combinación no es muy buena. Pero siempre tenemos amigos, como es el caso del gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, y desde luego lo más importante es que cuanto antes nos hagamos presentes.

¿Qué es lo que Obama y Biden han estado planteando en Ohio, Pennsylvania, Michigan? Reformar de alguna manera el TLCAN. Quien trajo primero el tema fue la senadora Hillary Clinton en la campaña y Obama la secundó. Ahora estamos en la frontera entre abrir el tratado, lo que traería costos para todo el mundo, o mantener el acuerdo. Ya se le convenció al candidato de que no es un buen negocio para él la renegociación, pero hay sectores con los que hoy está trabajando —y que va a necesitar para el 4 de noviembre— a los cuales se les están haciendo promesas de campaña. Un cambio en relación a los acuerdos paralelos va a ser muy costoso para México. Si agregamos a eso la introspección en la que están sumidos los estadounidenses, vemos que será necesario pedir ayuda al empresariado estadounidense en México para —junto con a la diplomacia mexicana— convencer al ganador de que las consecuencias para México de un cambio en el TLCAN o en los acuerdos paralelos serían funestas. Si el tema de la seguridad efectivamente es crucial para Estados Unidos, habrá que decirle al presidente electo que la revisión del tratado sería muy mal leída en México y tendría secuelas en esa materia.

¿Qué nos coviene? Ponernos a trabajar, rápidamente, con reflejos de último minuto, para acomodarnos con quien gane. No somos cualquiera de los 196 países, somos un vecino con dificultades que no conviene que entre en una crisis propia además de la ya conocida debacle mundial.

Analista político

  Acerca del autor

Internacionalista, diplomático de carrera, consultor y profesor del ITAM.

Ex embajador de México en Naciones Unidas y ante el gobierno de Estados Unidos. Presidente del Consejo Editorial de Foreign Affairs en Español.

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