En mi artículo anterior sostuve que la banca comercial nacional no ha sido afectada mayormente por la crisis financiera internacional ya que poco presta a la producción y mucho al consumo, poco a los corporativos grandes, casi nada a la agricultura. Los créditos a sectores productivos, excepto al inmobiliario, están por debajo de las cifras de la primera mitad de los 90. Los préstamos al consumo se llevan la tajada del león. Los adeudos vencidos crecen, pero aún están protegidos por usurarias tasas de interés. Por último, en sentido positivo, el endeudamiento externo de la banca comercial, después de 1995, ha disminuido 53% y se ha fortalecido. Por tanto, no es de esperar que los contagios externos se manifiesten en desórdenes mayúsculos en las instituciones financieras nacionales, ni que éstas contribuyan a la recuperación económica. El problema es otro. La pequeña y mediana empresa industrial y agrícola ya se había acomodado a la exclusión casi total del crédito. La empresa grande incursionó en los mercados financieros internacionales, con bonos, acciones o tomando préstamos. Por eso, la deuda externa privada subió hasta representar 70% de la deuda total del país. Pero hoy esas fuentes se han semicerrado, dejando al sector corporativo mexicano sin acceso a mucho de su financiamiento habitual y obligado a absorber pérdidas en las bolsas de valores. Frente a la crisis externa y alguna alza en las carteras vencidas, la banca comercial país restringe ya el crédito interbancario, acrecienta márgenes, tasas de interés y requisitos en la concesión de préstamos, por ello es difícil que pueda proveer financiamiento suficiente a las empresas en términos competitivos. Este es el origen estructural de los estremecimientos cambiarios recientes: la falta de fondeo a obligaciones externas, mezclada con errores u operaciones especulativas mal reguladas o vigiladas. La crisis internacional no se trasminará al sector real de nuestra economía por el deterioro de la banca, sino por la cerrazón del financiamiento externo. El contagio será grave porque afecta a las empresas que ejercen liderazgo en el país. México no necesita un Fobaproa reeditado, sino quizá un nuevo Ficorca, la socialización del servicio de buena parte de la deuda privada externa. EU ya instrumenta un programa intervencionista para defender a sus consorcios financieros, cuestionando al neoliberalismo. Junto a los 700 mmdd, los créditos y garantías gubernamentales suman ya más de 1.3 billones de dólares. Se quiere reconstituir el flujo de crédito a la producción cuanto antes, en EU y en Europa, aun si ello implica la capitalización estatal de los bancos. En contraste, después del concurso mercantil de Comercial Mexicana y Corporación Durango, de la acumulación de vencimientos en moneda nacional o extranjera y el mayor costo de su renovación, el programa de acción de emergencia del gobierno ni siquiera menciona la existencia del estrangulamiento financiero. Después, cuando la realidad lo impuso, las autoridades lanzan un programa de garantías para asegurar la renovación del papel comercial y luego otro para restringir la emisión de papel gubernamental por limitar la liquidez del sistema financiero. Es una falla en la geología económica nacional, manifiesta en los tropiezos cambiarios recientes, profunda porque la restricción financiera golpea a las empresas líderes que ya limitan inversiones y comprimen el empleo. Además, sus obligaciones en moneda extranjera seguirán causando volatilidad en el tipo de cambio y presiones inflacionarias. El sector externo se hunde. En la medida en que desaprendimos a producir, las importaciones crecen. En cambio, los principales pilares de los ingresos externos se debilitan: petróleo, exportaciones, remesas, turismo, préstamos e inversión extranjera directa (IED). La inversión extranjera flaquea. La revaluación del peso y las elevadas tasas internas de interés promovieron la inversión volátil de cartera. A su vez, los componentes de la IED recaen cada vez menos en las inversiones frescas. Y ahora, ante la enorme iliquidez del primer mundo, son de esperar salidas de capitales extranjeros, como ocurre en casi todos los países emergentes. Con la recesión en marcha, renace el espectro del estrangulamiento externo como traba al desarrollo nacional. La ironía está en haber empeñado enormes costos sociales al instrumentar la apertura externa y otras reformas neoliberales para recaer en el mismo problema. Frente a la contracción de los mercados externos, el alivio a la balanza de pagos sólo puede provenir de la sustitución eficiente de importaciones y de corregir la escasez de financiamiento a la producción. Las respuestas al dilema no son ajenas a la regulación desarrollista del crédito bancario, a la ampliación de las funciones de la banca de desarrollo y del seguro a los depósitos, a la protección del ahorro de los trabajadores en las afores y, sí indispensable, hasta el diseño de otro Ficorca, ojalá con bajo costo fiscal. Analista político |