Resulta desconcertante que el liderazgo de AMLO se vaya escurriendo para quedar en un perfil que es incapaz de reconocer cuando gana una batalla. La paradoja está presente: mientras Calderón proclama un triunfo con una reforma que fue la de su opositor, AMLO no acepta que ha ganado su proyecto.Suelo diferir de las opiniones de los sectores que votaron por AMLO en 2006 y que ahora reniegan de su voto y afirman que ha dejado de ser un líder confiable, por decir lo menos. Tengo diferencias porque considero que hacen falta contrapesos. La visión y los intereses que representa AMLO y esa parte de la izquierda son necesarios para el país. No sólo porque los otros dos grandes partidos, PAN y PRI, suelen coincidir en proyectos estratégicos de desarrollo, pero desde una visión de derecha. La necesaria pluralidad es un rasgo que necesita cualquier democracia para fortalecerse, y en el conjunto nacional se necesita también una izquierda fuerte. Esto se traduce, o se debería convertir, en actitudes responsables. Apretar cuando se necesita; presionar cuando se cierran las puertas y los proyectos se tiñen de colores privatizadores, neoliberales o extremadamente conservadores. Pero también en reconocer cuando se ganó y capitalizarlo. Los asesores del FAP han expresado que se llegó a una buena reforma. ¿Estamos ante una situación que amerita la resistencia civil? Mi diferencia con los detractores de AMLO también se basa en el análisis de la elección de 2006. Considero que la protesta postelectoral tuvo justificaciones, porque esos comicios fueron manipulados y no generaron suficiente certeza democrática para ser evaluados como elecciones institucionalizadas, confiables y transparentes. Me parece convincente la conclusión del estudio de José Antonio Crespo: 2006 generó dos mitos, el fraude y el triunfo de Calderón, ninguno de los dos se desprenden de las actas. Cuando llegó la agenda de reformas petroleras, consideré que la posición de AMLO era un contrapeso necesario que se materializó en movimiento social amplio y obligó a abrir un amplio debate. El balance indica que las iniciativas de Calderón se transformaron de manera importante. Como ejercicio democrático e institucional, la reforma petrolera deja un aprendizaje: sería positivo que así se discutiera y se aprobaran los temas estratégicos del país, la agenda pendiente que aún queda por legislar, desde una nueva ley de medios, nuevas reglas para el mundo laboral, hasta la legislación sobre los derechos humanos. La ruta del movimiento social en defensa del petróleo fue ardua: comenzó con la toma de las tribunas del Congreso en abril, siguió con un largo debate, las consultas públicas y ha llegado a la aprobación por el Senado. Se puede discutir mucho sobre los alcances y limitaciones de la reforma, pero difícilmente se podrá indicar que con esta reforma no hay un triunfo de la parte que encabezó AMLO. Todos los actores perdieron y ganaron en la negociación de sus proyectos; así es el pluralismo legislativo cuando funciona. Pero el único que no está de acuerdo es AMLO y de nuevo vuelve a activar las alarmas. Su demanda es que para agregar un párrafo y cerrar el último recoveco de los peligros privatizadores. ¿Es absurdo que por esta batalla se desgaste el movimiento, se pierda la posibilidad de capitalizar un triunfo y se debilite a la opción de la izquierda? El movimiento se quedó con el flotador pegado, como si hubieran perdido. Sin embargo, la reforma fue avalada por el PRD, por los senadores del FAP, por el comité asesor de la propuesta. Salvo algunos senadores que votaron en contra, cinco o seis, y la posición en contra de los bonos, en la que el FAP votó en contra, la reforma contó con un amplio apoyo. La voz diferente fue la de AMLO, quien dice que se irá al amparo. Saber ganar es parte de la responsabilidad necesaria para mantener la credibilidad. Una táctica equivocada puede afectar toda la estrategia. Veremos qué pasa hoy en la Cámara de Diputados… Investigador del CIESAS |