Los giros de comunicación de último momento no cambian la historia. Felipe Calderón intentó, en abril, privatizar las principales actividades de Pemex y fracasó debido a una estrategia brillante del movimiento progresista. Con inferioridad de fuerzas, la izquierda fijó la agenda; abrió el debate nacional; ganó la batalla de la opinión pública; mantuvo la iniciativa; y obligó a que el gobierno y el PRI le hicieran concesiones importantes.La izquierda exhibió las fragilidades del proyecto de Calderón, cuando quiso introducir su reforma sin debate previo (¿en qué democracia es eso aceptable?). Demostró que su proyecto contrariaba la Constitución. Descubrió que su propaganda fue vergonzante y mentirosa. Invalidó a su negociador, al hacer evidente su conflicto de interés. Se trata de un gran triunfo de la política. Se evitó la tentación de la confrontación, abriendo el espacio al debate en el Senado (el debate más trascendente de las últimas décadas). Con la consulta ciudadana, se unió a las fuerzas enfrentadas por el proceso interno del PRD. Se pudo convencer de que no sería suficiente el rechazo (el no) y que era indispensable presentar una propuesta. Se convocó al mejor grupo asesor para elaborar las iniciativas. Se negoció en el Senado con inteligencia. Nuestra mejor aportación ha sido haber frenado los más evidentes lances privatizadores del petróleo, para recuperar una ambición nacional de desarrollo. Hoy hay muchos mexicanos conscientes de que Pemex puede ser una gran palanca de desarrollo, si ayuda a rehacer las ingenierías, avanza con solidez en el cambio tecnológico, apoya a la industria nacional, empezando por la industria de la construcción, y avanza en acuerdos de productividad y reglas de transparencia. Hay muchos motivos de satisfacción que compartir con quienes participaron en esta lucha y también algunos reconocimientos que, en condiciones de menor hostilidad, podríamos hacer a nuestros adversarios, sin demérito de nuestra posición. México está mejor tras el proceso democrático que siguió a la intentona de abril, que de haberse aprobado —vía un albazo— sería una reforma inviable y habría dividido más profundamente al país. La victoria alcanzada no habría sido posible sin el liderazgo de AMLO y la consistencia del movimiento en defensa del petróleo. Tampoco, si se hubieran dividido las bancadas del PRD y del FAP. Sin fuerza parlamentaria, la lucha social habría entrado en el callejón sin salida de no obtener resultados y hacerse cargo del enfrentamiento con la fuerza pública. Sin el movimiento social, la correlación de fuerzas adversa en el parlamento se hubiera impuesto desde el principio. Los giros del último momento no cambian la historia. El gobierno exhibió sus fragilidades. El movimiento progresista su potencial. Si en la izquierda no dominan el encono, el sectarismo y la desconfianza, se podrá consolidar una merecida victoria. Miembro de la Dirección Políticadel Frente Amplio Progresista |