El equipo de campaña de John McCain está acusando a Barack Obama de convertirse al socialismo, porque este último pretende incrementar la influencia del gobierno de Estados Unidos en la redistribución del ingreso, a fin de crear mejores condiciones de vida para los más pobres. Dice que Obama es peligroso.En cambio, aplaudió la intervención del gobierno de George W. Bush en el rescate público de los bancos que abusaron del crédito hasta producir la crisis mundial que nos agobia. Desde su punto de vista, el gobierno de Obama podría ser peligroso si entregara más dinero público a la gente, pero sería eficiente y acertado si gastara más en las empresas y en los bancos. Usar los recursos fiscales disponibles para respaldar el éxito del sistema financiero se ha vuelto una consigna económica tan poderosa, como impedir que esos dineros fluyan en exceso hacia quienes no tienen los medios o las capacidades suficientes para acceder a los mercados de consumo. Según esa consigna, lo más urgente para los gobiernos es conservar la calma: no sobreactuar, sino mantener las cosas como estaban. Aunque sea la gente la que pague después todos los costos, lo relevante es mantener la situación en paz: como si no pasara nada. Por eso Obama es peligroso: porque puede hacer creer a la gente que el gobierno le respaldará en la crisis y desatar un efecto en cadena para el mundo. Sin embargo, estamos en medio de un juego de especuladores. Y aunque la evidencia nos está diciendo a gritos que algo grave está fallando, no hay alternativa. Los dineros públicos deben usarse para apuntalar el modelo que generó la crisis, a pesar de los efectos que tendrá en el crecimiento, en la generación de empleos y en el poder adquisitivo de la gente. ¿Quién habría pensado, hace apenas unos meses, que el gobierno de Estados Unidos acabaría comprando acciones de los bancos con dinero público? Si alguien lo hubiese dicho, lo habrían tachado como un loco. Pero hoy todavía es más peligroso imaginar siquiera que los dineros públicos pueden repartirse entre los más necesitados y que esa estrategia podría ser exitosa. No alcanzaría para todos, minaría la lógica del régimen fiscal, produciría inflación y rompería en definitiva la esperanza de recuperar el crecimiento. Pero, sobre todo, sería muy peligroso, pues la gente se daría cuenta de la fragilidad de este modelo. En México pasa lo mismo. Hace apenas unos días, el secretario Agustín Carstens reveló que un grupo de empresarios intentó especular con el valor del peso, en busca de recursos para paliar los efectos de los juegos de ruleta que asumieron en mercados derivados. Para evitar una devaluación salvaje, buena parte de las reservas del país se fue como el agua: en una semana se subastaron 11 mil 200 millones de dólares. Pero la prioridad indiscutible era mantener la confianza en los mercados financieros, aun a despecho del costo que pagará el país en empleos y crecimiento. Porque lo peligroso, en esa lógica, no es perder reservas, sino perder confianza. La razón de esas angustias es la misma y es devastadora: nadie sabe bien a bien cómo afrontar la crisis, porque lo que se está cayendo es el modelo de distribución que la produjo. Los peces grandes que no sólo se comen a los chicos, sino que acaban comiéndose a sí mismos. Ya había atisbos con los casos Enron y Parmalat, entre otros, pero parecían aislados. Hoy sabemos que eran anticipos de lo que vendría (el búho de Minerva siempre canta al amanecer, diría Hegel), y sin embargo lo importante sigue siendo fingir que todo esto es pasajero, que aquí no pasa nada. Profesor investigador del CIDE |