Nunca tuvimos tanta desconfianza. Hasta entonces, ninguna cátedra, ningún maestro había logrado explicar con precisión la referencia a la fuerza del Estado. Lo aprendimos a golpe de tolete, en las calles, para no olvidarlo jamás.Durante el verano del 68, la simpatía por el movimiento estudiantil en la ciudad de México crecía aceleradamente; en Xalapa, a pesar de contar con una comunidad estudiantil relativamente pequeña, en poco tiempo muchos ya habíamos integrado los respectivos comités de huelga y nos reuníamos con regularidad para establecer las estrategias de lucha. Ahí coincidíamos estudiantes de las facultades de Derecho, Filosofía y Letras, Comercio, Economía, Arquitectura, Ingeniería y la de Medicina del Puerto de Veracruz, todas de la Universidad Veracruzana; de la Escuela Normal Veracruzana y las preparatorias “Juárez” y Artículo Tercero Constitucional. Antes de la llegada de septiembre, cientos de estudiantes ya habíamos salido a las calles, de manera pacífica, a demostrar nuestro apoyo al movimiento. La tolerancia de la autoridad parecía suficiente para evitar llegar al conflicto —ya se habían realizado más de una decena de marchas—. Pero no fue así. Corrían los días del gobierno de Fernando López Arias, un experimentado político que había sido procurador de la República y se había distinguido por su mano dura. Así nos lo hizo sentir. A punto de concluir septiembre, con el movimiento estudiantil al alza en la ciudad de México, los dirigentes de los comités de huelga decidimos realizar una nueva marcha el día 26. En sólo unas horas, nos envolvió un vértigo de acontecimientos que aún hoy nos estremece. En respuesta a nuestra solicitud de realizar la marcha, el alcalde xalapeño, Othoniel Rodríguez Bazarte —maestro de la Facultad de Derecho y muy querido por la comunidad estudiantil—, envió por escrito una negativa contundente, lo que sería más tarde la prueba documental para acreditar el delito de desacato a la autoridad, por el que muchos compañeros serían perseguidos. En mi calidad de secretario del Comité de Huelga de la Facultad de Derecho, informé de la negativa a la asamblea, lo que obligó a una reunión urgente; se decidió que la marcha se llevara a cabo. Y fue cuando conocimos la fuerza del Estado. Desde palacio de gobierno, el mandatario estatal hizo una convocatoria urgente a los 40 principales líderes del movimiento estudiantil en Xalapa; la entrevista se convirtió en un monólogo de autoridad y fuerza en el que no hubo espacio para negociación alguna. Así lo recuerdo. Eran las 2:30 pm; con gesto adusto, López Arias se refirió a la tolerancia con que había observado su gobierno al movimiento estudiantil, pero que ante la inminente movilización del Ejército en el país, no se permitiría una marcha más, con lo que se iba a demostrar que Veracruz era capaz de salvaguardar el orden y sus instituciones con sus propios medios de seguridad. “El estado de Veracruz es primero y contra él nadie tiene la razón”, sentenció. Antes de despedirse, reiteró su amistad y respeto a los estudiantes. La sentencia estaba dictada. Entre las seis y ocho de la noche Xalapa vivió la peor represión de su historia. Dos millares de estudiantes y algunos maestros intentaban dispersarse en medio de una nube de gas lacrimógeno que había logrado disolver la marcha. Civiles corrían a esconderse a comercios y a la catedral. La violencia fue igual para todos, incluso para quienes no participaban de la marcha. No estábamos preparados para eso; nos replegamos y huimos en todas direcciones. Algunos, incluso, fueron detenidos más tarde en las propias instalaciones de la Universidad. Esa tarde fueron detenidas 71 personas. La mañana de aquel fatídico 2 de octubre en Tlatelolco, Xalapa estaba intentando sanar sus propias heridas. Los diarios locales informaban en su primera plana de la “completa paz en las aulas universitarias”. Era la paz del tolete. Secretario del Comité de Huelga de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana en 1968 |