Sin duda, el prolongado proceso electoral estadounidense acaba por generar la desatención internacional. El ensimismamiento que reclama el electorado de los contendientes los obliga a concentrarse en temas locales, produciendo tedio en quienes esperan que la discusión en la gran potencia incorpore los grandes retos que enfrenta la humanidad. El último debate Obama y McCain fue por demás elocuente de esta realidad.No obstante que ocurrió el día que las bolsas de valores sufrieron un desplome histórico, atribuido a una inminente recesión mundial y a pesar del diagnóstico apocalíptico, el diálogo no incluyó reflexión alguna sobre su propuesta para responder a la demanda de los mercados financieros, que reclaman conocer la estrategia que plantearían desde la Casa Blanca para iniciar el camino hacia la reconstrucción. En circunstancias equivalentes, la imaginativa político-económica de ese país aportó formulas para estabilizar la economía internacional. El avance demócrata que parece estar en proceso de consolidación ha despertado todos los instintos y métodos de guerra sucia, dudoso orgullo de los operadores republicanos. Nadie espera que estas contiendas asentadas en guerrillas mediáticas sean tersas o amables. Lamentablemente, la condición de raza de Obama ha revivido un lenguaje de odio que se consideraba desaparecido y que se ha estimulado con la retórica camorrera de la candidata a la vicepresidencia, que estimula la irritación de sus partidarios conduciéndolos al uso de epítetos y amenazas, tildándolo de terrorista, árabe o infiel, mientras otros, amparados en la multitud, reclaman que lo maten. Lo notable ha sido la pasividad licenciosa de la fórmula republicana, que le apuesta al efecto Bradley, fórmula como se denomina un racismo encubierto en segmentos blancos del electorado. La mala noticia para muchos fuera de EU es que la introspección aldeana incluye un homenaje al proteccionismo, reclamo de votantes avecindados en estados en disputa. Obama-Biden abiertamente se comprometen cotidianamente a devolver los empleos perdidos que aseguran están protegidos en santuarios de maltrato laboral y desorden ecológico. Ambos han sido congruentes en esta posición, incluso con sus votos en el Senado. Biden mostró resistencias para aprobar el TLCAN, mismas que abandonó por presiones de intereses económicos de su estado. Aún se le recuerda militando para incluir redacciones draconianas en los acuerdos paralelos que de haberse aceptado hubieran dejado sin efecto el tratado. Ambos se opusieron a instrumentos aún pendientes de entrar en vigor con Colombia y América Central. McCain encomendó a Palin esta tarea, mientras presume credenciales liberales. Entendamos que este es un asunto mayor para México, que no puede catalogarse como catarrito electoral o mera ocurrencia coyuntural. La plataforma demócrata es históricamente antilibre mercado, compromiso que asegura votos en entidades que definen la elección. El reclamo de McCain en el debate aludiendo comercialmente a Canadá y Colombia lo ignoró Obama de manera evidente. De ganar la elección, deberá oír desde la transición cuáles serían los daños que sufrirían sus vecinos del sur, con consecuencias para ellos, si cede a compromisos proteccionistas. Seamos firmes en la reacción y así será la respuesta. Son los momentos en que los temores reverenciales deben hacerse a un lado. montesco98@yahoo.com Analista político |