Raúl Cremoux> Soluciones a la mexicana 11 de octubre de 2008
Apenas en noviembre, Felipe Calderón veía con buenos ojos los datos que le anunciaban una posible macroturbulencia financiera. Casi alegre, decía que estaba acostumbrado a luchar contra la adversidad y que “le entraría con ganas a lo que viniera”. Si bien su biografía pudiera contar esas exultantes experiencias, su falta de responsabilidad se manifestaba al transmitir ese estado de ánimo a la población de una nación permanentemente asolada por las calamidades. Era momento de montar un plan de emergencia, un programa especial de respuesta o elaborar un presupuesto dúctil.
¿Qué suerte tendrían las clases menesterosas; cuánta soberanía aguantan nuestros barriles de petróleo; a dónde pararían las inversiones extranjeras que pensábamos crearían empleos? Nada. Todo era optimismo fundado sobre una bravuconería gratuita digna de un pugilista pero no de un jefe de Estado. Diez meses después, el Presidente no reaccionaba. Mientras el mandatario de Francia y de la UE señalaba en la ONU que el sismo causado en los centros financieros de la élite de EU era inadmisible, cuando indicaba con claridad que los responsables debieran dar la cara, Calderón hablaba de las bondades del tratado comercial con los yanquis y de lo bien colocada que estaba la economía mexicana.
A su regreso de su conferencia con los más picudos banqueros y empresarios de aquel país, una sonrisa iluminaba su rostro. ¿Ignoraba el tsunami que pronto llegaría a casi todo el planeta? O peor, ¿consideraba que a la población no hay que alarmarla con la verdad? En su cabeza ha de haber privado lo siguiente: los otros, los extranjeros tienen sus métodos que, aunque exitosos, no son los nuestros. Nosotros tenemos soluciones muy nuestras, siempre de último minuto y siempre con nuestro particular sello.
Las bolsas de Europa, Asia y América Latina sufren descalabros, decenas de bancos son apoyados o intervenidos por distintos gobiernos; exportaciones, turismo y remesas, tres pilares de nuestra economía, son tocados seriamente y ni el secretario de Hacienda ni el Presidente son capaces de hablarnos de esos delicados asuntos. Nos siguen considerando una nación de parvularios o de idiotas.
Los tiempos y los hombres parecieran no haber cambiado. Calderón parecía un hombre con formación moderna, abierto, tolerante con la crítica y conocedor de la geografía argumentativa. No en balde fue un diputado y tribuno brillante. ¿Qué le pasó? Su actitud ante la avalancha que recorre el mundo es decepcionante. Pareciera asustado y paralizado. Si algo está haciendo, nadie ha sido capaz de comunicarlo. Si su equipo está trabajando, lo están haciendo a la sorda. Para enfrentar el terremoto financiero, debiera estar previendo cómo acomodar a los migrantes que ya estarán de regreso, el desempleo que crecerá, el posible aumento en la delincuencia y, lo que resulta decisivo: ¿cómo enfrentaremos los desafíos con nuestras formulitas?
Los trabajos de Raúl Cremoux en materia de comunicación social son pioneros en México. Sus textos, de punzante humor crítico, se han extendido para ocuparse también del acontecer económico, cultural, social y político. Ha transitado del artículo periodístico al ensayo; de la cátedra universitaria a la publicación de cuentos y libros de investigación y entrevistas. De la producción radial a la televisiva.
Tiene una licenciatura en Comunicación por la Universidad Iberoamericana y un post grado en la Escuela de Altos estudios de Comunicación de Paris, Francia cuando a éste lo dirigía Roland Bartres.
Ha colaborado, en diferentes épocas, con El Universal, Excelsior, Unomásuno, Siempre!,El Occidental, Gente, Revista de la UNAM, la agencia AMI en México y con Época de España, Le Monde de Francia, Comunicación y cultura de Chile, Dagersnnietten de Estocolmo y Los Angeles Times de EUA.