Durante la reunión conjunta del FMI y el Banco Mundial, que comenzó en Washington, el presidente del BM, Robert Zoellick, señaló: “Los sistemas financieros del mundo desarrollado (…) han dejado al descubierto fallas flagrantes”. “La arquitectura internacional para afrontar tales circunstancias se está resquebrajando”. “La generación de Bretton Woods (…) dejó el compromiso intelectual, normativo y político de actuar de manera multilateral para convertir en oportunidades los problemas de una era”. “Hoy nuestro objetivo no puede ser menos elevado”. “Hasta que creemos una globalización más incluyente, el mundo permanecerá inestable”.La teoría de la reiteración de los ciclos históricos parece confirmarse nuevamente. Cuando la Conferencia Monetaria y Financiera de la ONU, realizada en Bretton Woods, creó al Fondo Monetario Internacional y al Banco Internacional para la Reconstrucción (Banco Mundial), sus mandatos fueron precisos: el FMI se encargaría de salvar al mundo de depresiones económicas futuras, mediante apoyos financieros para que los países en peligro de recesión pudieran aplicar políticas macroeconómicas (monetaria y fiscal) expansivas, a fin de sostener la demanda agregada mundial, el crecimiento y el empleo global. Y el Banco Mundial se encargaría de financiar la reconstrucción de Europa en la posguerra, encargándole posteriormente apoyar también el desarrollo de los países atrasados. Pero en los años 80, las doctrinas del libre mercado preconizadas por el gobierno de Reagan en Estados Unidos penetraron al FMI y al BM alterando su misión original: el FMI fue convertido en gendarme de la “disciplina fiscal y monetaria”, mediante férreos “programas de ajuste” del gasto público y severas políticas de restricción monetaria, que se aplicaron en los países en desarrollo que cayeron en su telaraña; mientras que al Banco Mundial se le encargó presionar al mundo en desarrollo para que realizara las llamadas “reformas estructurales” (liberalización del comercio, del sistema financiero y de la inversión extranjera, severa reducción de las políticas de fomento económico sectorial, etcétera), a fin de dejar la asignación de los recursos a la mano invisible del mercado. El mundo cambia: el cataclismo financiero ha puesto en severa crisis al fundamentalismo de mercado, después de que ya había mostrado su fracaso en los países en desarrollo que se sometieron a los “programas de ajuste” y “reforma estructural”; mientras que los países del este de Asia que no se sometieron a los dogmas del Consenso de Washington lograron el crecimiento acelerado de sus economías (Corea del Sur, Taiwán, China, India, etcétera). Por eso, si otros arreglos multilaterales no surgen, será necesario que los mellizos de Bretton Woods retornen a su mandato original. En paralelo al rediseño de la arquitectura del sistema financiero internacional para lograr su eficiente gestión global, será necesario desplegar políticas macroeconómicas contracíclicas para sostener la demanda agregada mundial. De hecho, desde principios del año el director gerente del FMI señaló: “Esta crisis se ha convertido en un problema mundial y exige una solución de alcance mundial”. “Es necesario que los mercados emergentes se sumen a los países industriales en la adopción de medidas de política macroeconómica y regulatoria” (www.imf.org/imfsurvey). Previamente Strauss-Kahn había señalado: “Además de estimular el crecimiento a través de la política monetaria, algunos países tienen margen de maniobra para flexibilizar su política fiscal, aunque tengan déficit” (http://afp.google.com/article). De esta manera, el FMI parece retornar a su mandato de Bretton Woods. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |