Hace algunos años Alain Touraine planteó, con su habitual lucidez, que los atentados de septiembre del 2001 abrían para América Latina una coyuntura especialmente favorable para repensar su circunstancia. Con una potencia hegemónica distraída en otros temas, el subcontinente tenía la histórica oportunidad de trabajar con relativa autonomía su propia historicidad, es decir, la capacidad de producirse a sí mismo.Esta particularidad se acentúa ahora que la crisis económica y financiera agobia a nuestros vecinos y que para bien o para mal, la región ni siquiera figuró como tema marginal en el primer debate de los candidatos presidenciales. Y, sin embargo, los pueblos de nuestra América no han logrado la madurez necesaria para desarrollar un pensamiento que reduzca las tradicionales asimetrías entre las dos Américas. Un pensamiento profundamente colonial sigue lastrando las posibilidades de crecimiento espiritual de nuestra región. No sabemos vivir sin ellos. Por un lado tenemos élites tecnocráticas y empresariales que sueñan con importar franquicias y esperar a que algo triunfe en Estados Unidos para importarlo sin traducción. Parecen negadas para crear un pensamiento y una base tecnológica propias. Por el otro, tenemos a una contra élite que se regodea en el tradicional victimismo y sigue repitiendo el insufrible e insostenible latiguillo de que el neoliberalismo ha hecho pobres a estos pueblos. Seguimos relacionándonos con una potencia que ni nos ve ni nos oye, sin audacia porque seguimos dominados por atavismos y graves complejos de inferioridad histórica. Tal parece que ser el patio trasero es lo que más conviene a nuestro ser nacional y a pesar de que el patrón lleva ocho años sin fijarse en su trastienda, nosotros somos incapaces de abandonar ese rol histórico de sociedad dependiente y quejumbrosa. Analista político |