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México D.F., a 26 de septiembre de 2008 | 11:43 PM

Ana María Salazar
Acostumbrados a la violencia
26 de septiembre de 2008


El presidente Felipe Calderón sostuvo ante la anual Asamblea General de la ONU que “el terrorismo, cualesquiera que sean sus explicaciones o motivaciones ideológicas, no tiene cabida en la comunidad de valores que con tanta dificultad hemos forjado”, condenando la práctica del terrorismo.

¿Por qué habló el Presidente sobre terrorismo en este importantísimo foro internacional? ¿Tanto así le preocupa la bomba que explotó hace unos días en un importante hotel de Islamabad? ¿Fueron comentarios “politiqueros” ya que México busca ser un miembro no permanente del Consejo de Seguridad? ¿O será que estaba pensando en los muertos del 15 de septiembre en una plaza en Michoacán, su estado natal?

Considero que continuará el debate en México acerca de si lo acontecido en Morelia debe o no considerarse un acto terrorista. Yo me pregunto si el problema es que en México nos hemos acostumbrado a vivir en un país violento. En cualquier país “normal”, si un individuo lanzara dos granadas en una plaza repleta de familias no habría ninguna duda de considerarlo un acto terrorista, apenas que las autoridades claramente identificaran a la persona involucrada como un desquiciado con serios problemas sicológicos, llevando a cabo este atentado sin ningún vínculo con otros individuos, pero nadie en este momento está contemplando esta posibilidad.

Parte del problema es que cuando uno hace un recuento de los múltiples actos de violencia y crueldad en los últimos años en México, una granada lanzada en una plaza pública no debería ser un acto tan cuestionado. ¿Recuerdan cómo en 2006 explotaron petardos en la sede nacional del PRI? ¿Cómo entender los ataques a los ductos de Pemex con un impacto económico devastador? También ese año se encontró un carro con explosivos en el estacionamiento de la Torre Mayor en el DF que requirió que se evacuara por completo el edificio más alto de Latinoamérica.

¿Y qué pasó con el bombazo que sucedió en avenida Chapultepec, también en el DF, en febrero pasado? Parecería que a todos se les olvidó lo que pasó en Sinaloa. Presuntos sicarios del narcotráfico se enfrentaron y uno de los grupos hizo estallar un carro-bomba con tres recipientes con gas. En esta ocasión se encontraron un total de cuatro carros-bomba.

En todos estos incidentes o no murieron personas inocentes o los muertos y heridos estaban vinculados de una forma u otra al narcotráfico (por lo menos eso insinuaron las autoridades). Todavía están por verse las razones de la reciente masacre de 24 personas en el estado de México, y lo que sucedió recientemente en Sinaloa es claramente una infamia: el asesinato de ocho personas (entre ellas tres niñas de entre 13 y 15 años) que esperaban la luz verde en sus carros. En un país donde suceden todos estos eventos y las autoridades no empiezan a considerar que son actos terroristas, pues a la mejor dos granadas lanzadas en una plaza llena de personas no es tan grave.

En una democracia, el gobierno necesita tener claridad y transparencia con la ciudadanía, ya que el apoyo de la sociedad civil es clave para cualquier gobierno que tiene que enfrentar amenazas a la seguridad nacional. Imagínese a un doctor que le dijera a su paciente enfermo de cáncer que no se preocupe, que sólo tiene un fuerte resfriado. Esta negligencia le costaría la vida del paciente ya que éste no tomaría los pasos necesarios para enfrentar esta mortal enfermedad. Ni hablar de la pérdida de credibilidad del doctor. De la misma forma el Presidente y su gabinete tienen que decirle al país cuál es el diagnóstico real de la situación de seguridad, para tener el apoyo de la población, ya que la “cura” será dolorosa, pero necesaria.

salazaropina@aol.comwww.anamariasalazar.com

Analista política

  Acerca del autor
email:amsalazar@post.harvard.edu

Especialista en temas relacionados con derecho internacional, seguridad nacional, cooperación antinarcóticos, reformas judiciales y conciliación. Fue subsecretaria adjunta de Defensa para Política y Apoyo Antidrogas del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Fungió como asesora política en la Casa Blanca (1998) y fue asesora especial en la Oficina de Asuntos Internacionales Antinarcóticos del Departamento de Estado (1995-1997). Debido a su desempeño en el Pentágono, la revista Hispanic Business Magazine la reconoció como una de los 100 hispanoamericanos más influyentes en EU.

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