El atentado del 15-S marcó, en efecto, un salto cualitativo en la guerra incivil que está viviendo el país. Tras la muerte de Fernando Martí, que llevó al gobierno a replantear muy de prisa su estrategia de combate al crimen organizado, el ataque terrorista cometido en Morelia nos dice que las organizaciones criminales no tienen ningún límite en su intento de crear condiciones propicias para seguir operando con la mayor libertad posible. Ya no sólo están disputando entre sí mercados y territorios, sino que han decidido manipular la reacción del Estado a cualquier costo: usarlo para sus fines, pasando por encima de lo que sea.No sabemos exactamente qué está pasando. Pero, de buena fe, podemos suponer que el Estado sabe más que nosotros y que estos atentados responden a la propia dinámica de la guerra incivil en proceso. Que atentaron contra la población indefensa para obligar a la movilización de sistemas de inteligencia, tropas y recursos hacia donde ellos quieren, mientras las verdaderas batallas se despliegan por otros lados. Que se trata de “calentar territorios”, como ellos dicen, donde sus enemigos internos van avanzando. Y que aparentemente están dispuestos a seguir cometiendo actos de terrorismo mientras el gobierno, supongo, no se rinda a la negociación y la tregua. Como sea, hoy sabemos que esta guerra está atravesando por uno de sus peores momentos y que nunca antes se había desafiado hasta estos extremos la capacidad de la fuerza pública. Temo, sin embargo, que la creciente respuesta bélica no sólo sea insuficiente, sino que acabe generando una espiral sin destino. Los enemigos son tantos y tan diversos, que resulta casi imposible seguir la pista de las bandas en pugna y comprender bien a bien la situación que está viviendo el país. Digo que es una guerra incivil porque el Estado está peleando contra sombras e infiltrados en movimiento constante y la sociedad es, al mismo tiempo, víctima y aliada del enemigo. ¿Quiénes son los malos y quiénes los buenos? ¿Contra quién estamos luchando y cómo podemos saber si las batallas en curso apuntan hacia el lado correcto? Hace mucho que pedimos información y lo único que tenemos son las noticias detalladísimas que nos hablan de capturas aisladas de capos, dólares y cargamentos de drogas sin conexión de sentido con el conjunto. Incluso se ha dicho que lo mejor sería no volver a hablar de esos temas. ¿Pero cómo evitarlo, pregunto, si la violencia es cada vez más frecuente, más cruda, más trágica? Hay dos datos que me dicen que hace tiempo que cruzamos de una situación a un sistema: 98% de impunidad ante el crimen y 500 mil personas involucradas (según las declaraciones del general secretario de la Defensa Nacional) en las redes del narcotráfico. Nadie en su sano juicio puede pensar, con esas cifras a mano, que estamos frente a un conflicto entre policías y ladrones. Se trata más bien de una estructura social y política que entiendo mejor por lo que Hannah Arendt llamó la “banalidad del mal”: cientos de miles de acciones emprendidas por personas más o menos normales, todos los días, que causan daños a los demás porque creen que no es cosa grave, que es cosa aislada, que no pasa nada, que no tienen alternativa o porque así lo reclaman sus circunstancias. La banalidad, la superficialidad, la frivolidad del mal que, agregado, puede destruir sociedades enteras. El 15-S nos ha dicho que esa incivilidad sistémica ya está entre nosotros, y que de aquí en adelante puede ser peor. Y eso no sólo se combate con armas. Nunca antes había sido más importante volver a la sociedad verdaderamente civil. Profesor investigador del CIDE |