Desde que Miguel de la Madrid fue interpelado durante su último informe, el ritual comenzó a hacer agua. Desde su muy cuestionable ascenso al poder, Salinas tejió medidas para contener un descontento que cada año crecía.Lo que había sido gloria ahora nos molestaba. Desde muy temprano, los locutores acudían a Los Pinos para preguntar al presidente en qué había consistido su desayuno; la primera dama sonreía y los hijos estrenaban ropa elegante. Las cámaras seguían al jefe a Palacio para que se adornara con la bandera nacional al pecho; su triunfal recorrido ida y vuelta al Congreso. Especial transmisión merecía el besamanos y cerca de las seis de la tarde el país suspiraba exhausto. Nos preparábamos para la glosa del informe y durante semanas posteriores desfilaban cifras, obras y estadísticas que, en un ejercicio de autocomplacencia, nos decían que recorríamos el buen camino hacia el progreso, la paz y la armonía. Eso terminó por hartarnos y llegamos a escuchar que ese día provocaba vómito en los espíritus más lúcidos y democráticos. Nos repetimos que ese acontecimiento anual no nos dejaba nada bueno, salvo quizá que a los burócratas y al Ejército se les hacían aumentos en sus salarios. También nos satisfacía saber que nuestras reservas estaban protegidas en el Banco de México. Pero crecimos, visitamos países más desarrollados y ya nada de eso nos satisfizo. Con el acotamiento del autoritarismo y la llegada de nuestra actual forma de vida colectiva, quien más ha sufrido es la figura del presidente de la República. Su informe ahora ha llegado al extremo de hacerlo imprescindible con tal de que lo entregue por escrito y, como a todos nos da flojera leer, ya no sabemos qué fue lo que hizo el Ejecutivo, salvo por lo que nos dicen en inserciones pagadas. En contraste con lo que pasa en las esferas federales, en el estado de México los diputados y el gobernador han dado lugar a un formato que a todos se nos antojaba desde hace decenios. Que el Ejecutivo informe, pero que los partidos también participen y cuestionen. Así fue durante el tercer informe de Enrique Peña. A sus palabras informativas sucedieron las de los diputados. Algunos de la oposición lo interrogaron sobre seguridad, educación, salud, medio ambiente. Las respuestas que les dio no satisficieron a PT, Convergencia, PAN y PRD. Para ello, tuvieron derecho a réplica y a que otra vez les respondieran. El acontecimiento, que pudiera pensarse se daba en Estocolmo, dejó a muchos con la boca abierta; bueno, no a los grandes opositores que, deseosos de hacerse notar, tan sólo dijeron que el asunto correspondía a lo que ellos habían planeado desde tiempo atrás. Hubo quien dijo que “eso” había sido su exigencia personal. Como se vea, mientras que en el Congreso federal se celebra la ausencia del Presidente y la falta de diálogo, a los mexiquenses les brota la pluralidad hasta por los poros y convienen en intercambiar sus datos, opiniones e ideología, como conviene a la democracia. Escritor y periodista |