El 4 de noviembre próximo los estadounidenses elegirán a su nuevo presidente, pero con su voto también estarán expresando su mayor o menor desapego a los principios de política exterior y seguridad interna que han prevalecido en su país desde el fatídico 11 de septiembre de 2001.La lógica indica que si hoy lo que predomina es un hartazgo hacia la gestión del presidente George W. Bush, cuya presunta obstinación y soberbia llevó a Estados Unidos a una guerra en Oriente Medio sumamente costosa e injustificable, entonces el grueso de los electores votará por los demócratas y se deslindará de los republicanos. Sin embargo, las cosas no son así de simples. Más allá de las animadversiones hacia Bush, no todos los estadounidenses condenan la política bélica de los últimos años, ni todos están convencidos de que cambiar drásticamente de estrategia sea lo más conveniente, dado que la amenaza terrorista sigue latente. Como es sabido, a partir del 11-S Washington cambió su estrategia de política exterior y sus prioridades militares hacia lo que se ha dado en llamar la “guerra preventiva”: atacar antes de ser atacado, y en cuyo nombre desplegó una ofensiva militar contra Irak. Además, la reacción militar inmediata de Estados Unidos contra el terrorismo y sus aliados, en un inicio contra el régimen talibán en Afganistán, dejó ver el verdadero tamaño del imperio. Asimismo, en mayor o menor medida, todas las potencias occidentales, sin excepción, han debido reforzar sus sistemas de seguridad así como canalizar mayores recursos en defensa militar. A nivel cultural, por su parte, el 11-S alteró muchos patrones de comportamiento y estimuló nuevas actitudes. Así, por ejemplo, una sensación de vulnerabilidad se apoderó de la mayoría de los estadounidenses, con todo tipo de reacciones paranoicas y de temor, al tiempo que resurgieron con nueva fuerza en varios sectores sentimientos xenófobos y belicistas. Por todo ello, no puede afirmarse que el efecto o las secuelas del 11-S no jueguen ningún papel en los próximos comicios, sobre todo considerando que el candidato demócrata, Barack Obama, es un afroestadounidense. A veces los grandes cambios en la historia se presentan como desafíos a las mentalidades y las concepciones largamente dominantes en una comunidad. En este sentido, al postular a Obama, los demócratas han decidido ir un paso adelante que sus contrincantes, o sea, ofertar a los electores el cambio desde el mismo cambio que supone la candidatura de un representante de una minoría étnica. Falta ver si los votantes estadounidenses están en la misma sintonía. En mi opinión, es muy difícil que el candidato demócrata gane la Presidencia de Estados Unidos. Existen sobradas razones para dudar si el grueso del pueblo estadounidense, anglosajón y protestante, está preparado o predispuesto para elegir a un presidente negro, aunque de madre blanca, o si los poderosos y muy influyentes sectores ultraconservadores están dispuestos a tolerarlo. Cuando se presenten en las urnas, los estadounidenses estarán eligiendo entre dos actitudes muy distintas: un deslinde radical de la era Bush, tan radical como que los demócratas le apuestan todo a un candidato de color, o un voto más conservador por lo que tiene de temerario para muchos el ser gobernados por un representante de una minoría étnica. La lógica indica que el malestar acumulado por la gestión de Bush y los excesos republicanos de los últimos años será más fuerte que cualquier resquemor de tipo étnico o culturalista. Pero la lógica no siempre se impone, sobre todo en una sociedad que en el fondo sigue mostrando profundos rasgos conservadores, mismos que se robustecieron a partir del 11-S. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada |