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México D.F., a 9 de septiembre de 2008 | 11:43 PM

Germán Martínez Cázares
Castillo Peraza
09 de septiembre de 2008


“Cada mañana es un desastre, sufro como un perro, por la mala calidad del periodismo escrito”, exclamó recientemente en Monterrey, Nuevo León, el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. Y remató: “Es raro encontrar notas o reportajes que sean auténticas joyas”.

El sentimiento del autor de El amor en los tiempos del cólera frente a la prensa escrita me recordó el mal humor de Carlos Castillo Peraza frente a sus colegas periodistas.

En su oficina de Coyoacán —ya retirado del Partido Acción Nacional— dedicaba algunas mañanas a criticar con fruición y corregir divertido las cabezas y notas de los periódicos capitalinos.

Fustigaba con humor negro, como un Karl Kraus mexicano —el maestro de Elías Canetti— a los escribidores claudicantes de la gramática. Tenía, como Kraus, “luchas titánicas con las comas” y vapuleaba los intentos de los aprendices de ponerlas desordenadamente “con salero”.

Castillo Peraza presumió una sintaxis impecable. Fueron célebres muchos de sus textos provocadores y puntillosos. Sabía, pues, acomodar correctamente las palabras. Conocía el sentido y el alcance de ellas. Ese fue el cimiento de su tarea política.

La política para Castillo Peraza era entrelazar palabra y tiempo. Es decir, dialogar. Sabía que la política sin diálogo es fetichismo, política sin palabra, espectáculo, imagen hueca de ideas. Combatió la ideología del marketing.

Carlos aprendió a escribir correctamente, en la corresponsalía campechana del Diario de Yucatán, cuando apenas tendría 20 años. Su último periódico fue EL UNIVERSAL.

Pero entendió del uso adecuado del tiempo cuando estudió en Friburgo, Suiza, precisamente en la misma universidad donde el filósofo Martin Heidegger cultivó las ideas de la existencia y el tiempo.

Castillo Peraza entendía el valor del tiempo. Con aires de clásico liberal, sentenció en alguna ocasión: “Un gobierno será mejor en la medida que salve a sus ciudadanos de perder el tiempo”.

Pronto, por alguna herencia maya, se dedicó a ordenar en un calendario ideas y palabras. Pasó de la lucha gramática a la lucha política, en la que, según Enrique Krauze, fue “la última llamarada del vasconcelismo”.

Desde el PAN imaginó, soñó y ayudó a construir la transición democrática mexicana. Puso en cadencia el anhelo ciudadano de democratización, las posibilidades panistas de empujarla y los niveles de resistencia del gobierno priísta.

Como un “Maquiavelo moral” —la expresión es de Javier Sicilia—, puso en el juego democrático y en el tiempo de las urnas todas sus palabras.

Ese fue su éxito y, en gran medida, lo que el propio Castillo bautizó como la “victoria cultural” de Acción Nacional.

Una victoria de tejer palabras y tiempo con todos al desterrar “la cultura maniquea del mural mexicano” que pinta a unos mexicanos como buenos permanentes y a otros como malos eternos.

Sus adversarios buscaron ofenderlo de mil maneras. Unos con el mote de “gradualista”. No fue insulto, fue un elogio.

El gradualista Castillo Peraza es la descripción de un éxito. De ese triunfo panista, típicamente castillista, de ordenar cronológicamente en el tiempo cada palabra, cada exigencia y acordarla con quien piensa diferente en diálogo plural, parlamentario y pacífico.

Hoy, hace exactamente ocho años, el tiempo terrenal se le terminó a Carlos Castillo Peraza en la ciudad de Bonn, Alemania.

Su legado ya logró la victoria al tiempo. Trascendió. Hoy todo el mundo habla de diálogo, de la importancia de las palabras y de las urgencias del tiempo.

***

Fuente inagotable de orgullo nacional en este mes patrio y para siempre: los atletas mexicanos en los Juegos Paralímpicos en Beijing, China.

Presidente nacional del PAN

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