En las últimas semanas se han recrudecido las malas noticias en cuanto a indicadores de la economía mundial y nacional. A un año de haber comenzado la crisis bursátil de Estados Unidos, provocada por deudas hipotecarias de difícil cobro en ese país y por la codicia de los grandes intermediarios financieros que abusaron de los derivados, la inestabilidad financiera se ha extendido y la mayoría de las bolsas de valores del mundo viven violentos altibajos.No obstante la tormenta en los mercados monetarios y de capital, tardó en aparecer el fantasma de una recesión generalizada del sistema capitalista, pero los datos de una caída del PIB real promedio de la Unión Europea en el segundo trimestre del año, y el pronóstico de que la economía estadounidense registrará cero en cuanto a crecimiento para el segundo semestre de 2008, apuntan a la posibilidad de una crisis global. Al inicio de la turbulencia financiera, casi todos los analistas económicos —individuos e instituciones— preveían una desaceleración de la actividad productiva de las economías desarrolladas, menos acentuada en cuanto al promedio mundial, gracias, decían esos analistas, a que continuaría el dinamismo económico de un puñado de economías emergentes, como la china, la india, la rusa y las de los países exportadores de petróleo del Medio Oriente. Es decir, el ciclo de bajada de los negocios mundiales podría no ser más profundo que el ocurrido, por ejemplo, en 2001, pero se anticipaba que la desaceleración y la inestabilidad financiera serían prolongadas. Hoy no queda mucho margen para ese relativo optimismo, por lo menos para México, por más que países como China y otros asiáticos mantengan un rápido crecimiento. Por varias razones, la economía mexicana resistió en un principio los efectos nocivos de la pérdida de dinamismo de la estadounidense, pero los datos más recientes del Banco de México y las declaraciones hechas por el secretario de Hacienda el viernes pasado confirman que se avecina un frenazo de nuestro de por sí aletargado crecimiento interno, acompañado de presiones inflacionarias. Este año nos espera un incremento del PIB de entre 2.7 y 2.9%, y lo dramático es que, aparentemente, nuestro crecimiento potencial ronda apenas 3.5%, de suerte que la recuperación económica esperada para 2009, si acaso llega, será poco importante. O sea, que de no efectuar cambios estructurales significativos, seguiremos viviendo en el estancamiento relativo de estos últimos siete años. Profesor investigador de El Colegio de México |