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México D.F., a 20 de agosto de 2008 | 11:43 PM

Mauricio Merino
La decadencia como proceso
20 de agosto de 2008


El espíritu de la decadencia está ganando terreno en nuestro país. Tiene varias formas: desde la crisis de seguridad hasta el ridículo de la delegación olímpica; desde los datos de alarma en el crecimiento y la carestía de alimentos hasta los indicadores que ponen a México en el umbral de los estados fallidos; desde las disputas interminables que libran los partidos políticos (por dentro y por fuera) hasta las amenazas creíbles de la guerrilla; desde el fracaso de la educación pública y la política social hasta el medio millón de personas involucradas en el narcotráfico, etcétera. Por donde se vea, parece que nada está funcionando bien.

Fieles al pensamiento tradicional que supone la existencia de situaciones cruciales que marcan la historia con fecha y hora, y animados quizá por la conmemoración de los bicentenarios de 1810 y 1910, vemos la multiplicación de artículos, notas y debates que se preguntan sobre el momento en que las crisis y las malas noticias acumuladas estallarán juntas y nos caerán encima como una tormenta. La “tormenta perfecta”, le llamó Macario Schettino el fin de semana en las páginas de este diario, mientras que el senador Manlio Fabio Beltrones recuperó (¿acuñó?) el término en una conversación con Salvador García Soto publicada apenas al día siguiente.

Sin embargo, el problema no está tanto en la existencia potencial de esa tormenta ni, como sostiene Schettino, en la búsqueda de comparaciones con otras crisis del pasado reciente, cuanto en el proceso que nos ha traído a la decadencia.

Es probable que seamos capaces de librar nuevas crisis y seguramente podrían resolverse tomando las decisiones correctas de manera oportuna. Pero el espíritu de la decadencia que recorre el país debe conjugarse en plural y en gerundio: varios procesos simultáneos lo están propiciando desde hace mucho y cada uno viene reproduciendo día con día la sensación de derrota en la que está cayendo el país.

Por supuesto, el futuro siempre será un territorio de apuestas: unos dirán que será (o sería) indudablemente mejor si se siguen (o se siguieran) sus planes, y otros afirmarán el fracaso ya inevitable. Cada quien coloca sus intereses respecto del futuro como mejor le conviene. Pero la decadencia es cosa presente y obedece a los procesos que ya están en curso.

No es una crisis sino una tendencia; no es un accidente de las circunstancias sino un conjunto eslabonado de despropósitos que vienen ocurriendo desde hace mucho y que se refuerzan unos a otros. Si se quiere atinar con una metáfora, no se trata de una tormenta futura, sino de una lluvia constante.

Se trata de dos percepciones distintas de la situación nacional, que producen a su vez acciones muy diferentes. Las crisis pueden sortearse con una estrategia inteligente; con decisiones que acaso desafían el talento de los políticos, en un momento determinado.

Pero combatir el espíritu de la decadencia que está poblando el país reclama un esfuerzo mucho mayor, que no sólo atañe a un puñado de variables en juego (una solución específica para un problema puntual, estratégicamente planteado), sino a la reproducción de rutinas, ideas y valores que han ido minando las relaciones sociales en casi todos los planos. La decadencia, como la lluvia, se va colando por todas partes.

Quiero suponer que la conciencia cada vez más extendida sobre la decadencia que estamos viviendo puede ayudar a frenarla. Pero hay que atajar los procesos que la están generando todos los días. México todavía puede ser, al final del siglo XXI.

Profesor investigador del CIDE

  Acerca del autor

Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ex consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), se desempeña actualmente como profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha fungido como gerente internacional del Fondo de Cultura Económica (FCE) y como agregado de la Embajada de México en España.

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