Son fascinantes los tiempos de la antigua Grecia, en los que el amanecer de la historia brotaba entre mitos; se confundían, nebulosas, realidad y entelequia; los dioses aterrizaban en episodios alucinantes a compartir odios, pasiones, desventuras y alegrías con los mortales. En ese ensueño borroso se celebraron las primeras Olimpiadas.La historia es maravillosa y gira en torno a una mujer: Hipodamía. Como toda mujer guapa y encantadora, Hipodamía tenía muchos pretendientes. Sin embargo, su padre, Enómano, no la dejaba casar, porque le atormentaba una profecía divina de morir a manos de su yerno. Enómano discurrió como pretexto para obstaculizar el matrimonio de su hija celebrar una preolimpiada, una carrera de coches de caballos. El triunfador, en lugar de medalla colgada al cuello, tendría la mano de la bella Hipodamía. Pero Enómano contaba con caballos divinos y no tenía que pasar el antidoping; cualquier cabalgadura perdía la galopada. Siempre ganó el celoso padre de Hipodamía. Durante algún tiempo colgó en la puerta de su casa, las cabezas de todos los novios fracasados de su hija. Pero un buen día Hipodamía vio llegar a Pélope, se flecharon de inmediato. Pélope reta a duelo de coches de caballos a Enómano. Ganó Pélope, aunque no hubo fair play. Hipodamía previamente pidió ayuda a un tal Mirtilo, caballerango de su padre, a quien encargó cambiar los tornillos de las ruedas de acero del coche de caballos por unos de cera, que en plena carrera se derritieron, produciendo un accidente fatal donde murió Enómano. Pélope se casó con Hipodamía y tuvieron muchos hijos. Después, en honor a su esposa, Pélope celebraba cada cinco años, en Olimpia, una fiesta dedicada a la diosa Hera, la hermana de Zeus. Las Olimpiadas nacieron del triunfo de Pélope. Los griegos de entonces fundaron la civilización occidental con la victoria de su cultura, teatro, literatura, escultura, arquitectura, filosofía, deportes y, finalmente, de la democracia. Tenían ánimo de trascendencia. “Hambre de inmortalidad”, diría Miguel de Unamuno. Cuando vemos a los chinos alcanzar el liderato del medallero olímpico, a Michael Phelps obtener ocho medallas de oro en natación, a Nastia Liukin ganar el oro del all around individual de gimnasia, a Jamaica imponerse en atletismo, al español Rafael Nadal en tenis o a la saltadora rusa Yelena Isinbayeva brincar hasta el cielo, la pregunta es obligada: ¿por qué las estampas mexicanas en Beijing son las de la justificación, las de la falta de suerte, la frustración, en una palabra: las de la tristeza de la derrota? Creo que estamos aceptando al pesimismo dentro de nuestra cultura. La decepción nos acompaña en la rutina diaria. Perder, fallar, victimizarse, parece el camino. No hay ética del triunfo. Cuando el presidente Calderón llama a construir un México ganador, el apoyo es insuficiente o brinca la mofa. “Olímpicamente” estamos despreciando la victoria. Que nuestra desesperanza se quedara en China estaría bien, pero lo estamos trasladando a temas fundamentales de la vida nacional. Empresarios lamentan nuestro desarrollo frente a una crisis económica mundial. No creemos que la delincuencia sea derrotable. Asumimos a la impunidad como mal necesario. El narcotráfico parece invencible. Todos repartimos culpas y responsabilidades en otros. Vemos imposible la victoria de nuestro país. Eso es detestable aquí y en China. *** ¿En verdad el PRI impugna al presidente Calderón por el tema de seguridad o quiere descarrilar la reforma a Pemex? Presidente nacional del PAN |