La crisis de la seguridad abre una oportunidad de corrección del rumbo que no debiera desaprovecharse. Es ahora o dentro de quién sabe cuántos años. Por eso los organizadores de la marcha deben asegurar su carácter ciudadano y quienes irán a la cumbre, reconocer la gravedad de la situación para romper las inercias de una conducción fragmentada, politizada e ineficaz de la política de seguridad.Lo peor que puede ocurrir es que la cumbre sea dominada por las inercias burocráticas y que la marcha, en vez de aterrizar en una presión constructiva que ayude a sanear y fortalecer al Estado, termine en un desahogo sin consecuencia. Ante el reclamo social por el crecimiento de los secuestros, si la experiencia existente se junta y se refuerza con acciones puntuales adicionales que mejoren la inteligencia, se podrá frenar y revertir el ascenso reciente de ese crimen. No es un asunto de discursos, sino de concentración en la tarea. Los problemas de la violencia y el crecimiento de las organizaciones criminales son mucho más amplios y difíciles de enfrentar. No se van a resolver con una cumbre, pero ésta sí podría servir para que se pueda hacer una recapitulación seria respecto a la efectividad de la política en curso e incorporar los correctivos indispensables. En las condiciones actuales, la seguridad es una tarea de todo el Estado. Es absurdo que, ante la gravedad del problema, domine la irresponsabilidad. El pensar que el problema no se resuelve por las omisiones de los demás, cuando por el contrario, los resultados sólo vendrán si se aclara cuál es la tarea inmediata de cada quien, cada parte asume lo que le corresponde y facilita que las otras hagan lo suyo. Los responsables deben hacer lo que les toca, empezando por el jefe del Ejecutivo. Como jefe del Ejército, debiera cuidar su prestigio, al no sobreexponerlo innecesariamente en tareas que lo confronten con la sociedad o reduzcan su efectividad. Como cabeza de la Federación, necesita respaldar a los gobernadores y a la vez exigirles, en corto. Como jefe del gabinete, asegurar su coordinación interna. Como líder político, respetar la pluralidad. Como autoridad imparcial, no manipular al Ministerio Público, acelerar su profesionalización y respaldar la independencia de los jueces honestos. Esos son los “cómo” de la jefatura de un gobierno, sin los cuales el Estado se paraliza y se confronta. Son incompatibles con las estrategias mediáticas cifradas en la creación artificial de popularidad, la polarización y el control oportunista de daños. Para que la cumbre tenga éxito, las partes deberían llegar a un acuerdo preciso. ¿Cuáles son las seis o 10 acciones que dan contenido a la nueva orientación, partiendo de la aceptación (explícita o sobreentendida) de que la política en curso no ha dado los resultados esperados? ¿Qué le corresponde a cada quien? ¿En qué plazos? ¿Con qué mecanismo de seguimiento? La gravedad del problema exige mesura, precisión y cumplir lo convenido. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |