El bien público por excelencia es la seguridad de la sociedad frente a sus enemigos. La guerra es el peor estado posible, en el que no sólo hay sufrimiento y desgracia, sino que no es posible esperar ayuda de otros, es el reinado de la desconfianza y la miseria humana.Se libra una guerra contra los enemigos de la sociedad, y no hay otra salida que ganarla. No hay paz posible mientras los enemigos no sean derrotados, porque ellos no descansarán hasta habernos despojado de todo. Para hacerlo, harán uso de todas las bajezas imaginables, intimidar, corromper, asesinar. Derrotar al enemigo no implica eliminarlo, sino dejarlo inerme. No sólo porque eliminarlo puede resultar mucho más complejo, sino porque la sociedad que se rebaja al nivel de sus enemigos ha sido vencida. Derrotar al enemigo significa que la sociedad sea capaz de dotarse de las armas necesarias para ello. No los individuos que la forman, sino la sociedad en su conjunto. No hay mejor arma que la aplicación de reglas claras a toda la sociedad. Cuando alguien está fuera de las reglas, la sociedad se ha roto, y es presa fácil de sus enemigos, que serán quienes evaden su aplicación. Toda regla implica un castigo cuando no se cumple. Nadie más obligado a cumplir esas reglas que quien debe aplicarlas. Castigo ejemplar a quienes, debiendo aplicarlas, violan las reglas sociales. Pero no existe victoria posible si las reglas están mal hechas, mal aplicadas, plagadas de impunidad y con una sociedad dividida. Y tenemos esta situación porque así la construimo. Cosechamos lo que sembramos por décadas, con reglas hechas para privilegiados (no nada más ricos), que no se aplicaban sino cuando convenía. ¿Queremos seguridad? Acabemos con la extralegalidad que mantiene vivo al corporativismo. Acabemos con la discrecionalidad de gobernadores, con la farsa de no cobrar impuestos, con cuerpos policiales de risa, con MP criminales, con jueces venales, con la administración legal corrupta. ¿Qué hace falta? Decisión, dinero y tiempo. Tiempo ya perdimos bastante; dinero, de más impuestos para todos. La decisión es lo difícil. ¿Pueden los políticos dejarse de agravios inventados, de politiquería, de soberanías ficticias? ¿Pueden o no? La sociedad tiene que ganar la guerra, cambiando líderes si es necesario. ¿Ya es necesario? www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |