La cadena perpetua para secuestradores es una salida efectista. Es sabido que en México el problema central no estriba en la duración de las penas, sino en dos factores que ineludiblemente ponen en entredicho el funcionamiento del Estado.El primero tiene que ver con la remotísima posibilidad de cumplir una pena, sea ésta baja o eterna. Además, en caso de que se aprobara un endurecimiento de las penas, un problema indirecto salta a la vista y es la incapacidad práctica de que los encarcelados, así sea para la eternidad, no desplieguen desde un reclusorio sus actividades. Buena parte de las extorsiones y de los secuestros de alto impacto se planifican desde las prisiones. La propuesta de endurecer las penas no es otra cosa que echar el polvo debajo de la alfombra. El segundo factor estructural reside en la participación de los cuerpos de “seguridad” en las bandas que practican el secuestro. De las 23 bandas desmembradas en los últimos años, por lo menos 16 tenían entre sus integrantes a agentes de alguno de los niveles de gobierno. En una estadística manejada de manera oficiosa por expertos colombianos, México ocupa el primer sitio a nivel mundial en secuestros en los que participan policías. En otras palabras, las fuerzas de seguridad de nuestro país son más peligrosas para la seguridad que el EPR. Dicho de otra manera, ¡es como si tuviéramos a las FARC dentro del Estado! Entiendo que para un gobernante debe ser desesperante el saber que debe ofrecer resultados y que los propios instrumentos de los que dispone son en gran medida la fuente del problema. Algo así como si la difusión de una epidemia tuviese como origen las jeringas de un hospital. Pero no hay más camino que seguir por la ruta de profesionalización y el establecimiento de procedimientos unificados así como controles más severos sobre el dinero. Más que pensar en cadenas perpetuas o penas de muerte, hay que golpear a los criminales en el dinero. ¿Dónde se lavan los millones de los secuestros? No hay salidas cortas a este problema, creer eso es demostrar o que se perdió el rumbo o que nunca se tuvo un diagnóstico claro del problema. Analista político |