Nuestro país lleva tiempo metido en un círculo vicioso donde la debilidad del Estado ha facilitado el crecimiento de las organizaciones criminales. No va a mejorar la seguridad de los ciudadanos —ni a reducirse la violencia criminal— si no se tiene una idea clara sobre cómo romper ese círculo vicioso para fortalecer al Estado, en la democracia.Esa operación, de construcción de Estado, es la que en otras partes, y en nuestra propia historia, ha dado resultado. En Inglaterra, el gran cambio se dio cuando sus grupos gobernantes abandonaron el faccionalismo y aceptaron que el Estado estuviera por encima de las partes. En México, la violencia ha bajado como consecuencia de acuerdos y nuevos ejercicios políticos, nunca por el escalamiento del uso de la fuerza. Actualmente, estamos viviendo las consecuencias de un largo proceso de deterioro. Una economía que no crece bien desde hace 25 años. Muy pocas oportunidades para los jóvenes. Un deterioro grave de la moral pública por graves hechos de corrupción no sancionados. Impunidad. Debilitamiento de la legitimidad. Pobreza. Migraciones y desintegración familiar. Utilización de las policías y los ministerios públicos para fines políticos, con su consecuente pago en impunidad. Todo ello ha debilitado al Estado y la cohesión de la sociedad. Para hacer frente a esa situación, el gobierno federal decidió ir a una guerra contra la delincuencia. El discurso y la imagen le fueron útiles. Transmitían una imagen de fuerza después de la difícil entrada de 2006 y han sido determinantes para aumentar la popularidad de Felipe Calderón. El problema es que la estrategia no ha dado resultado. La violencia se ha desbordado y está haciendo crisis. El secuestro y asesinato de Fernando Martí y la participación de agentes policíacos en ese y muchos otros crímenes, pone en evidencia la indefensión de los ciudadanos y la descomposición de tramos amplios de la policía, las fuerzas de seguridad, los reclusorios y el sistema judicial. El llamado de Felipe Calderón a la coordinación es pertinente, aunque desafortunadamente no ha ejercido ese liderazgo en el trabajo diario, sistemático, que hace la diferencia. Hay reuniones y discursos. Declaraciones y fotografías, pero así no se coordina. Se hace con discreción, caso por caso, escuchando; dando seguimiento; poniendo orden; ejerciendo el liderazgo. El llamado a coordinarse pierde credibilidad si va acompañado de reclamos oportunistas de índole partidista. Por el bien de todos, no debería desaprovecharse el momento actual de crispación y luto para iniciar una operación política mayor de reconstrucción de Estado, donde se hagan a un lado las lógicas electoreras y facciosas. Por encima de las diferencias que tenemos, en seguridad, lo que puede hacer la diferencia es unir fuerzas (los grupos más activos de la sociedad y el Estado en su conjunto) para reducir la impunidad. Con serenidad y determinación, digamos sí a un frente común por la seguridad. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |