Efraín Pin Peña era un personaje de esos que le dan vida y color a los pueblos michoacanos. Guadalupano y mujeriego. La barriga inmensa le impedía verse las botas blancas que lucía los domingos para ir a misa. Sus enormes cachetes se veían chicos frente a su mostacho negro. En la cabeza, como dibujo de Abel Quezada, su inseparable tejana gris.Un día llegó a casa y encontró una revuelta familiar. Sus hijos —nunca supo cuántos tuvo— estaban bronqueados por la televisión. Unos querían ver futbol y otros hacían causa con la mamá para ver la telenovela. Pin Peña terminó con el problema de raíz. Abrazó el televisor, lo posó encima de la panza, caminó al patio y ante la mirada de toda la prole lo aventó al piso. Ordenó recoger los añicos y se fue a dormir, con la tranquilidad de haber apaciguado al rebaño. Algunos perredistas fundamentalistas dejan ver la misma actitud totalitaria de Pin Peña frente a los problemas del país. Son capaces de arruinar todo y, luego, intentar gobernar sobre las ruinas. No saben y no quieren convivir con quien piensa diferente. Y como no saben y no quieren vivir con quien piensa diferente, “toman” las instituciones por asalto. El líder del los fundamentalistas ya amenazó con nuevas tomas de tribuna y bloqueos de carreteras ante el inminente dictamen de las iniciativas de reforma a Pemex. No tienen propuesta para Pemex y tampoco tienen iniciativa, pero tienen mantas, adelitas, gritos, sombrerazos y pancartas para detener el proceso legislativo. La política carroñera de seguidores de López Obrador es capaz de devastar sus centros de trabajo antes que respetar a las instituciones. ¿Ejemplo? El viernes pasado en su versión electrónica EL UNIVERSAL informó que en Los Cabos, Baja California Sur, los perredistas “sitiaron” los hoteles —igualito a sus diputados federales cuando sitiaron las tribunas del Congreso— por una diferencia entre un grupo de taxistas perredistas y otros transportistas. Los choferes perredistas —agrupados en la vieja CROC priísta—, al puro estilo Pin Peña, prefieren hacer trizas un destino turístico que acordar rutas y condiciones de la modernización del servicio. Igual piensan los opositores extremistas a toda reforma en Pemex. Preferirán ver volar al Congreso y a Pemex, a poner voluntad política en un acuerdo legislativo. Nadie en los foros negó la declinación de nuestras reservas petroleras. Nadie tampoco negó la necesidad de fortalecer las finanzas y transparentar a Pemex. ¿Qué esperan? Sólo tienen de su lado el viejo discurso, fundamentalista y dogmático, de loas al Estado todopoderoso. Ese mismo canto ultranacionalista y estatista. Esas mismas peroratas excluyentes que cantaban en la Unión Soviética, hace 40 años, para encarcelar a disidentes como Alexander Solzhenitsyn. Ahora que murió Solzhenitsyn, y con el recuerdo de su novela Pabellón de cáncer, en la que, atacó poniendo en riesgo su vida, al sistema totalitario ruso, no es difícil imaginar a los perredistas fanáticos con poder, con mando en toda la fuerza pública. Buscarían un Archipiélago Gulag mexicano a dónde enviar a todos estos “traidores y entreguistas” que buscan reformar y hacer fuerte a Pemex. Como Pin Peña, pues, acabarían de un golpe con las diferencias que tenemos en Pemex. *** Una nueva biografía de Manuel Gómez Morín, escrita por María Teresa Gómez Mont, hurgadora profesional y entusiasta de la correspondencia gomezmoriniana. Fondo de Cultura Económica. Presidente nacional del PAN |