Los sucesos de 1968 son referencia obligada del antes y el después de nuestra historia contemporánea. El sistema de partido único y el presidencialismo autoritario habían dado muestras de obsolescencia y la sociedad percibió la necesidad de construir una nueva vida institucional. En el eje de esta renovación, que incluía más y mejor cultura política, se ubicó la construcción de una nueva democracia. La transición que así empezó a caminar, y cuyo primer paso fue la reforma política de 1977, desde entonces se anticipaba difícil.El ejercicio abusivo del poder hallaba soporte en el gastado argumento del “apoyo de las mayorías”. México, decían sus gobernantes, vivía una democracia plena porque el poder público acataba el mandato de las mayorías populares y esa pretendida subordinación era extensiva, sin más, a las minorías. Aún hoy, para los detractores de la democracia moderna, la fórmula es simplista: si las mayorías son fuente genuina del poder, toda diferencia se resuelve con las reglas que éstas imponen. En esta concepción se cobijan agravios en el mundo entero contra grupos sociales cuyos sueños y esperanzas se topan con “el poder de las mayorías”. En México, por fortuna, empieza a permear una realidad inocultable: el concepto de mayoría es una condición de la democracia que sólo cobra sentido si se respeta a las minorías. Si no se respetan los derechos de las minorías no hay democracia. En ello coinciden numerosos tratadistas: el desafío del siglo XXI es reconstruir una institucionalidad en ruinas, alentar la cultura de la legalidad y asumir la vigencia del pluralismo, la tolerancia y el respeto por las minorías como condiciones de la democracia. Hay otra razón poderosa: con el respeto a las minorías, el Estado democrático garantiza la libertad de decidir, esto es, que la sociedad pueda tener opciones de relevo en el ejercicio del poder. Todavía hoy se escuchan voces que pretenden conculcar los derechos de las minorías, o de quienes desdeñan a “los pequeños”. Entre estas dificultades se abre paso, lenta pero inexorablemente, nuestra transición democrática. Parece a veces que se nos van entre las manos las bases de nuestra incipiente democracia: independencia entre poderes, representatividad y respeto a la legalidad y a las minorías. No lo permitamos. Tengamos presente que en una democracia real luchar por los derechos de las minorías es luchar también por los derechos de todos. Y no olvidemos, hoy menos que nunca, la pregunta de Giovanni Sartori: “¿Qué cualidad ética añade un voto para tener la virtud mágica de convertir en correcto el querer de 51 y en incorrecto el de 49?”. ggaconvergencia@hotmail.com Presidente del CEN de Convergencia |