Mientras que de México destacan en primera plana (The Guardian, 18 de julio) una foto a todo color de un doble de Sven-Goran Eriksson, el entrenador de nuestra selección nacional de futbol, llegando al estadio de CU con dos bellas y voluptuosas mujeres, la noticia de la liberación de la valiente colombiana Íngrid Betancourt Pulecio, secuestrada por más de seis años por las FARC, recorrió el mundo entero en todos los medios impresos y electrónicos. ¿Por qué?No creo que a los medios les interese la biografía de Íngrid, hija de Gabriel Betancourt, ministro de Educación en el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, y de Yolanda Pulecio, reina de la belleza y diputada. Tampoco sus estudios en el Instituto de Estudios Políticos de París, ni la autoría de La rage au cœur (La rabia en el corazón), ni su carrera política como diputada, senadora y candidata a la Presidencia de Colombia, sino los términos de su secuestro desde el 23 de febrero de 2002. En atención a la vida de los demás rehenes, poco es lo que ha dicho Íngrid sobre su cautiverio. En una entrevista con The Sunday Times reveló la enorme creatividad para el horror de su captor El Gafas (por los anteojos). “Ahora entiendo los campos de concentración, ahora entiendo a los nazis. Toda esta orgía de tortura y crueldad física”, señaló al diario inglés. Informó que la tenían encadenada del cuello a un árbol y que estuvo a punto de morir de malaria si no es por los cuidados de otro rehén, el cabo Guillermo Pérez, que le suministraba los medicamentos que conseguía para él y le negaban las FARC a ella. Íngrid llegó a pensar seriamente en su muerte como una forma de liberación. “Finalmente era una buena opción. Había perdido la esperanza”. La privación de la libertad de cualquier persona (con excepción de la cárcel para el violador de derechos fundamentales) siempre será condenable. Ahora no se limita a la guerra, en la que se utiliza por los contendientes mediante el secuestro, como fue el caso de Íngrid. Otra forma todavía existente en países como Albania consiste en la aplicación del kanun, un código que autoriza la vendetta del “ojo por ojo y diente por diente”. En un reportaje del Herald Tribune (julio 11) se informa del caso de Christian Luli, un joven albanés de 17 años que ha pasado los últimos 10 en su casa, privado de su libertad sin poder salir a la calle, porque es hijo de un hombre que asesinó a otro, y de acuerdo con el “feudo de sangre”, cualquier pariente de la víctima puede matarlo, pero no dentro de su casa. Sólo las mujeres y los niños están exentos de esta abominable tradición que data de 500 años, por la que la responsabilidad colectiva, con base en el parentesco, predomina sobre la individual. Precisamente por la defensa del valor de la libertad es que el caso del secuestro de Íngrid ha adquirido una enorme resonancia internacional, que la convierte en una figura emblemática de una lucha que no se limita a Colombia, sino que es o debe ser global. Profesor investigador del Tec de Monterrey, CCM |