La situación económica en varias partes del mundo está provocando que los países se debatan entre la recesión y la inflación, sin que sus dirigentes políticos y económicos sepan cuál es peor. Ya en Europa se habla francamente de la entrada en una recesión y en otros de inflación.En nuestro país las autoridades hacendarias y monetarias tratan de tapar el sol con un dedo. Es el caso del Banco de México, que declara que con los resultados de la inflación del mes de junio hay “que tener calma”. La pregunta es: ¿calma de quiénes y sobre todo para qué? Los resultados son preocupantes; ya el incremento anualizado de los precios de junio a junio ha sido de 5.26%, el más alto en los últimos cuatro años. Pero si uno se va al detalle de este índice encuentra que los alimentos preparados subieron, en los últimos 12 meses, cerca de 10%, cifra que sólo se tuvo hace ocho años. Las expectativas no son halagüeñas. Si a esto le agregamos la irresponsabilidad del sector patronal que, a través de la Coparmex, declara que los incrementos a las gasolinas y el diesel han sido “tibios” e “insuficientes”, está iniciándose un coctel para el que este gobierno, por las muestras que ha dado, no está preparado. Los precios de los alimentos han aumentado como hace mucho no se había visto: hay productos de primera necesidad, como los aceites comestibles y el arroz, cuyos precios han aumentado más de 50%. Podríamos afirmar que no hay producto de la canasta básica alimentaria que no haya aumentado cuando menos por arriba del incremento salarial. La semana pasada el presidente de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos expresó, ante una comisión de la Cámara de Diputados, que de 1976 a la fecha el salario mínimo ha perdido 75% de su poder adquisitivo, por supuesto agregando que un aumento salarial de emergencia provocaría una escalada de precios y por ende mayor inflación. Así de claro. Vivimos en un país donde los precios de gasolinas, electricidad, transporte público, alimentos, cualquier producto, pueden aumentar sin la menor restricción y supuestamente no provocan problemas, ya no se diga que afecten la inflación. Pero eso sí, cuando se propone o se pretende un aumento a los salarios de inmediato los patrones y, por lo visto, sus corifeos del gobierno dicen que hay que tener calma, ya que provocaría inflación. Sería muy conveniente que el gobierno y la clase empresarial tomaran en cuenta que lo que está ocurriendo con los alimentos que compran millones de mexicanos es un verdadero drama. Cada día su poder adquisitivo pierde fuerza y por tanto no les alcanza ya no sólo para adquirir lo superfluo, como podría ser salir de turismo —sector que incluso el secretario del ramo ya mencionó como uno de los afectados por la inflación—, sino para adquirir comida. Si todos estamos viendo dicha situación, ¿por qué se pretende que los pobres sean más pobres y que la clase media sea afectada al tener que destinar una mayor proporción de su ingreso a los alimentos, los energéticos y el trasporte público? No se puede pretender que este proceso inflacionario sea pagado fundamentalmente por los que menos tienen mediante la contención del salario. No se puede pedir calma a quien, contando únicamente con su fuerza de trabajo, está sufriendo el embate de los precios altos, y que por razones “macroeconómicas” no se le otorgue el incremento a su remuneración. Analista político y economista |