El informe que presentó Emilio Álvarez Icaza lo ha convertido en el modelo de defensor de los derechos humanos, el que nunca habíamos tenido. El apoyo que le dio Marcelo Ebrard y su reacción a la hora de los resultados lo han convertido en modelo de gobernante. Es la primera vez en años que los ciudadanos sentimos que hay voluntad de enfrentar y resolver los problemas.El asombro empezó porque parecía que una vez más, como ha sucedido siempre, nos dijeron que se iba a investigar, que se iba a llegar al fondo y que caiga quien caiga, sólo que ahora sí lo hicieron. Y no sólo eso, sino que lo hicieron bien, no un montaje de investigación que concluye en inútiles recomendaciones y unos cuantos chivos expiatorios para cerrar el caso, sino un trabajo serio, hecho con rigor. El ombudsman capitalino no solamente emprendió una investigación porque ese es su mandato, sino que fue más allá para desglosar, comparar, sistematizar y construir su argumentación. Para eso tuvo que investigar los hechos y la investigación, rastreando verdades más allá de negativas, trampas, mentiras y cotos de poder. Y esto nunca antes lo habíamos visto. Tampoco habíamos visto un modo de investigar cuyo eje, centro y objetivo sea la defensa de las víctimas. Entre nosotros la prioridad la han tenido siempre el jefe, las intocables lealtades personales y las conveniencias políticas del momento, sin que a nadie le importen los afectados o la ley. Un tercer elemento inédito fue tomar en cuenta las medidas internacionales de lo que significa (o debería significar) el respeto a los derechos humanos y, a partir de eso, invocar los convenios y acuerdos que nuestro país ha firmado en las materias que competen al caso. Los gobiernos se la pasan firmando instrumentos para que parezca como que estamos de acuerdo en la defensa de y la protección a, pero luego todo esto es pura letra muerta. Y por último, la otra gran novedad fue la velocidad a la que se hicieron las cosas, en un país donde el método consiste en dejar pasar el tiempo hasta que se enfrían y terminan por morir. La apuesta al olvido hace que se queden sin investigar, a pesar de las promesas y las indignaciones verbales, muertes de bebés en hospitales, accidentes en plataformas petroleras, represiones a movimientos sociales y suma y sigue. En México no se respetan los derechos humanos porque, afirma Miguel Sarre, “El sistema de justicia está estructuralmente diseñado para ser violatorio”. Pero también, dice Teresa Jardí, porque “La nuestra es una sociedad y una cultura profundamente antidemocráticas en las que está profundamente arraigada la violación a los derechos humanos”. Según Sergio Aguayo y Carmen Feijoo, “El nuestro es un país en el que el respeto a las personas no forma parte del modo de pensar. No es ya solamente una cuestión de leyes”. Ese sistema mental, cultural y jurídico propenso a ser violatorio de los derechos humanos, unido a muy concretos intereses, explica la falta de voluntad política para que las cosas cambien. Álvarez Icaza y Ebrard han hecho tremendo boquete en esa forma de ser. sarasef@prodigy.net.mx Escritora e investigadora en la UNAM |