Que un gobierno democrático espíe a un senador de oposición debería ser motivo suficiente para su disolución. Que la Comisión Permanentele pida al Ejecutivo la remoción del titular del órgano de inteligencia debería hacer retumbar en sus centros a toda la estructura. No hay gobierno democrático que pueda conducir los asuntos nacionales y pactar cualquier reforma si está salpicado con un asunto así y, peor aún, si es amonestado y conminado por el Legislativo. Pero puede suceder, como sospecho que es el caso, que en la mejor tradición política mexicana el asunto sea muy “grave”… pero no tan serio. En otras palabras, puede ser que para el club de iniciados en el que se ha convertido la política nacional, la acusación —insisto, muy grave del senador Beltrones— no sea más que una maniobra política. Es difícil imaginar que un senador experimentado y tan influyente como Manlio Fabio lance sin más una bola de fuego. Algo hay detrás y muy punzante. Sin embargo, ninguna de las acciones desplegadas hasta ahora parece alimentada por un genuino sentido de agravio contra el gobierno federal. Si fuese cierto que el espionaje se está dando desde el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y no desde un gobierno local o por competidor político de Beltrones, el presidente de la Junta de Coordinación Política tendría todos los instrumentos para que la Comisión Bicamaral (prevista en la Ley de Seguridad Nacional y en los hechos inoperante), que regula y supervisa las labores del órgano de seguridad nacional, tuviera una intervención correctiva y decisiva. Cuando uno de los exponentes de un poder del Estado opta por el escándalo político y no por usar sus propios poderes institucionales para evitar los excesos de otro de los poderes, algo anda mal, muy mal. Probablemente el espionaje viene de algún despacho de su propio partido, que tiene interés en desinflar al sonorense y por eso no ha seguido la vía parlamentaria para enmendar de fondo este presunto abuso gubernamental. Analista político |