Prácticamente todas las mediciones nacionales e internacionales en materia de política, democracia y gobernabilidad muestran que México ha retrocedido. El problema es general, ya que se presenta incluso en los indicadores económicos de competitividad económica y en el desempeño de la educación básica. En las escalas internacionales hay descenso, igual que en los comparativos en América Latina, y no salimos del sótano dentro de los países de la OCDE.Hace unos días el Banco Mundial dio a conocer su estudio Indicadores de Gobernabilidad Mundial (WGI), y de las seis variables que trabaja, México retrocedió en cuatro y permaneció igual en dos entre 2003 y 2007. En el indicador de “voz y rendición de cuentas”, que mide las libertades de expresión, asociación y prensa, así como la selección ciudadana de los gobernantes, nuestro país bajó de 55.3 a 48.6 en 2007. La caída más fuerte la tenemos en el indicador de “estabilidad política y ausencia de violencia”, en el que vamos de 42.3 a 25.5. También hay una baja en lo que se refiere a estado de derecho (calidad de la justicia, derechos de propiedad, desempeño de las policías, el Poder Judicial, crimen y violencia); en este aspecto pasamos de 43.3 a 34.3. En el control de la corrupción, que mide el grado de captura del Estado por las élites y los intereses privados, la baja es de 53.4 a 48.8. Los dos indicadores en los que no hay modificaciones significativas son efectividad de los servicios públicos y capacidad regulatoria; sin embargo, en ambas también existen problemas identificados. Estos datos están en plena sintonía con otras mediciones que se han hecho en los últimos años y el resultado es similar; por ejemplo, el estudio Latinobarómetro de 2007 dice que el apoyo a la democracia baja de 58% a 55.4% y la satisfacción cae de 41% a 31%. La baja también se registra en las mediciones de Freedom House y el Barómetro Global de la Corrupción; lo mismo pasa con los observatorios de derechos humanos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional. En una entrevista reciente, Gilles Lipovetsky señaló que la decepción y el desencanto democrático, que no son por supuesto un problema mexicano, no sólo se deben a la “impericia de los gobernantes”, sino a algo más profundo: el desajuste terrible que sufre el sistema de derechos humanos, al que consideró como el “auténtico código genético y axiomática moral de las democracias”. Cualquier mirada de cómo se encuentra este código en México nos puede ayudar a entender una parte importante del retroceso mexicano. Para cerrar con broche de oro, hace unos días Consulta Mitofsky dio a conocer su encuesta “Dos años después de la elección presidencial en México”, y aporta un dato para reflexionar: a la pregunta sobre si el conflicto electoral de 2006 ya estaba superado, hace un año 39.4% dijo que aún no se resolvía, pero hoy, en 2008, el porcentaje de los que piensan que el conflicto no se ha resuelto aumentó a 43.4%, y no se trata sólo de ciudadanos perredistas, sino también de la ciudadanía independiente. En este contexto hay una evaluación negativa sobre la situación económica, que pasa de 63% a 75%, y algo similar sucede con la percepción sobre la situación política: 71% considera que avanza el deterioro. A pesar de que la “guerra” en contra del crimen organizado incrementa diariamente la estadística mortal que ya supera los 2 mil muertos en 2008, la ciudadanía ubica que el principal problema del país no es la inseguridad, sino la crisis económica. La mezcla de percepciones y datos duros nos presenta un panorama complicado: un país que ha perdido dinamismo, una transición que desembocó en una democracia que ha sido vulnerada por la misma clase política y una ciudadanía que se ha desencantado de los pobres resultados de la política. Así llegaremos a 2009… Investigador del CIESAS |