En su libro The Age of Turbulence (2007), Alan Greenspan alerta a los países en desarrollo sobre los peligros de la sobrevaluación monetaria.Después de recordar la clásica historia de Holanda, donde los cuantiosos ingresos de divisas por exportaciones de gas natural provocaron el marasmo de su economía, porque trajeron consigo la apreciación real de su moneda (el florín) frente al dólar estadounidense, Greenspan remarca: “Esto implicó que las exportaciones holandesas distintas del gas se vieran en desventaja competitiva en los mercados mundiales”. Quienes fabricaban para la exportación se encontraron en una disyuntiva: “Recibir menos florines por sus artículos”, reduciendo sus ganancias, o “elevar sus precios en dólares y vender menos”. Esta es precisamente la disyuntiva en que se encuentran en México los industriales que producen para la exportación. Desde el momento en que la Reserva Federal estadounidense inició su viraje hacia una postura monetaria expansiva, realizando ocho sucesivos recortes en su tasa de interés primaria (desde 5.75% el 18/IX/07, hasta 2.25% el 30/VI/08), mientras el Banco de México aumentaba —en vez de reducir— su tasa de fondeo bancario (de 7.25% el 26/X/07, a 7.75% el 20/VI/08), el peso mexicano acumuló una apreciación de 7.5% frente al dólar estadounidense. Simplemente, el acrecentado diferencial de tasas de interés atrajo capitales especulativos extranjeros hacia la compra de títulos de deuda pública en México, lo cual —en conjunción con los ingresos petroleros extraordinarios— provocó la revaluación de la paridad interbancaria de 11.14 pesos por dólar el 17/IX/07, a 10.30 pesos en promedio durante la semana pasada. Se trata precisamente de una modalidad de “enfermedad holandesa”, cuyo concepto se ha hecho extensivo a diversas situaciones donde una sobreoferta de divisas (cualquiera que sea su origen: inversión extranjera, ingresos petroleros, remesas de migrantes, etcétera) provoca una significativa apreciación real de la moneda nacional, con efectos negativos sobre competitividad de los productos nacionales, tanto en el mercado interno (frente a las importaciones) como en los mercados externos, con el consiguiente efecto perverso sobre el crecimiento económico. Hay un remedio, aplicado ejemplarmente por China y otras economías emergentes: para evitar que enormes flujos de divisas sobrevalúen una moneda nacional, el banco central interviene en el mercado cambiario comprando las divisas excedentes con moneda nacional; y, al mismo tiempo, evita los efectos inflacionarios de estas compras mediante la colocación de títulos de deuda pública. Pero en México esta medicina no se ha aplicado consistentemente porque resultaría incompatible con la política monetaria vigente, que erige la estabilización de los precios en objetivo exclusivo utilizando el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria (véase nuestra entrega del 26/VI/08). No obstante, si el Ejecutivo federal quisiera poner punto final a este extravío, podría hacerlo: la Ley del Banco de México establece en su artículo 21 que la Comisión de Cambios estará integrada paritariamente por miembros de la SHCP y del Banco de México, pero será presidida con voto de calidad por el secretario de Hacienda. En 1998, el presidente Zedillo propuso reformar la ley para otorgar al Banco de México el control de la política cambiaria, pero la iniciativa no fue aprobada. Ergo, el Ejecutivo conserva la facultad de reivindicar el papel de la política cambiaria como instrumento para la competitividad y el crecimiento económico. ¿Lo hará? Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |