No tengo la menor duda, las élites son cerriles. Llevan 30 años con reformas electorales a las que les han puesto el pomposo nombre de reformas del Estado, pero la base administrativa del mismo sigue siendo la misma. Los jefes están sólo pendientes de su carrera política y buena parte de los mandos medios y superiores son compañeros de partido o parientes a los que les hacen favores.Durante años pensé que una vez colapsado el sistema patrimonialista del PRI (el Estado era de ellos) una administración pública profesional y moderadamente honesta tomaría el relevo. No ha sido así y ni la derecha ni la izquierda han tomado el tema como una prioridad. Tenemos una administración pavorosamente incompetente y en muchos casos corrupta. Vea usted el caso de los cubanos sustraídos al control del INM; un episodio digno del viejo oeste, se salda con la promesa de que ahora sí se les aplicarán exámenes de control de confianza a los funcionarios. La pregunta previa es si tenemos a los funcionarios capacitados y adecuadamente seleccionados en las funciones más delicadas. Me pregunto también si tenemos establecidos los procedimientos adecuados para enfrentar los problemas. Me temo que no. Si volteamos la mirada a las aduanas, veremos que lo siniestro (contrabando de armas y drogas en grandes proporciones) convive con un Estado alelado que usa su fuerza en revisar calzones en los equipajes de turistas. Tiembla uno cuando en el aeropuerto parecen más preocupados por un salchichón, que por un rocket que debió usarse en Irak. La sensación de estar frente a un Estado incompetente es permanente y atroz. La sensación se convierte en realidad cuando la policía capitalina demuestra que su actuar carece de los mínimos procedimientos. Es evidente que el perredismo que ha gobernado esta capital desde el 97 no ha considerado una prioridad modernizar el aparato administrativo de la ciudad. Ellos ven la ciudad como su botín. Los servicios que se ofrecen son pésimos, porque contrariamente a lo que se repite, no tenemos una sociedad civil fuerte que exija servicios de calidad, ni élites políticas que estén preocupadas por atender con dignidad y un mínimo profesionalismo a la gente. Analista político |