La rápida y considerable elevación del precio de los alimentos ha concentrado la atención reciente dejando en segundo plano la lenta y moderada desaceleración de la economía mundial. Esto es comprensible pero equivocado. Además, de mayores consecuencias será ignorar que la capacidad de la economía mexicana para incluir a los pobres en los beneficios de su expansión parece estar erosionándose.Cuando en abril los precios de los alimentos en México aumentaron casi seis veces lo que la inflación promedio mensual, había razones para la acción inmediata, sobre todo considerando que por el solo efecto de la inflación alimentaria de 2006 a 2008 podrían sumarse a la pobreza cerca de 2 millones 800 mil personas. De ahí los mayores subsidios a Oportunidades que moderan significativamente este efecto. Mientras, la anticipada recesión en Estados Unidos no terminaba por materializarse y las nuevas proyecciones de instituciones como el Banco Mundial situaban el bache global en crecimiento en magnitudes más manejables, incluso descartando la temida contracción de la economía estadounidense. Para el caso de México, esto significaría crecer sólo un punto porcentual menos de lo anticipado. Con el precio de los alimentos en sus mayores niveles en años, de los cuales será muy difícil observar reducciones inmediatas y duraderas, aunque tampoco se esperan aumentos de la magnitud antes vista, y una desaceleración gradual y menos profunda que lo esperado, es sólo natural que medios y autoridades concentren su atención y acciones en el primer problema más que en el segundo. Pese a este panorama, la desaceleración del crecimiento nacional tiene mayores repercusiones que la subida en el precio de los alimentos. Así, de haberse mantenido el crecimiento oficialmente contemplado para 2008, y la capacidad de la economía mexicana para beneficiar a los pobres en periodos de desaceleración, esto habría permitido compensar por completo la inflación alimentaria. Pero el problema de la economía nacional va más allá de su magro desempeño, pues también se ha reducido su capacidad de favorecer a los más pobres. Así, mientras que entre 2000 y 2002, cada punto porcentual de crecimiento en el ingreso promedio de los individuos se traducía en una disminución de 2.7% en la pobreza, para el periodo 2004-2006 esta cifra declinó a 1.2%. Puesto de otra forma, aun cuando la economía mexicana recobrara su crecimiento sería menos capaz de transformar esta recuperación en menor pobreza, de acuerdo a las cifras más recientes que relacionan estos dos elementos. Detrás de esto está el debilitamiento de las modestas mejoras en la distribución del ingreso que acompañaron el escaso crecimiento de inicios de la década. Si bien es prematuro afirmar que el declive del crecimiento incluyente en México es irreversible, éste es una señal de alarma para restituir como prioridad las políticas para una expansión económica sostenible en el largo plazo, pues podrían requerirse aumentos en la actividad productiva aún mayores a los registrados en el pasado para conseguir las mismas reducciones en pobreza que antes se dieron. Una vez sorteada la emergencia alimentaria los mayores problemas comienzan. rodolfo.delatorre@prodigy.net.mx Director de la Oficina del Informe Nacional de Desarrollo Humano |